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"Una sociedad que no cuida a sus jóvenes más capaces desperdicia talento y progreso"
CERDANYOLA DEL VALLÈS 18/03/2025 Sociedad. Ambiente en la Universidad Universitat en el Campus de la UAB para un tema de los nuevos migrantes: los universitarios huyen a Europa para encontrar mejores sueldos y horario FOTO de ZOWY VOETEN / Zowy Voeten / EPC
Sergio de Fuente
El progreso de una nación comienza por respetar la inteligencia. No bastan discursos ni promesas de modernidad; la grandeza se mide en cómo se estimula la curiosidad, se premia el talento y se coloca la educación en el centro de la vida pública. Allí donde se protege la mente inquieta florecen la ciencia, la innovación y la cultura. Donde se ignora, la sociedad se arrastra, lenta, atrapada en inercias que parecen inevitables.
Entretodos
España arrastra desde hace siglos una paradoja dolorosa. Sus jóvenes están preparados, ambiciosos por aprender y con hambre de conocimiento, pero un entorno cultural e institucional que rara vez los acoge convierte sobresalir en incomodidad. Preguntar demasiado, profundizar más de lo previsto o desafiar lo establecido provoca recelo. La curiosidad intensa no se celebra; se tolera a regañadientes.
No es hostilidad abierta. Es la costumbre que protege la mediocridad y el conformismo. La excelencia, lejos de ser faro, se convierte en anomalía. La meritocracia, en ocasiones, parece un principio vacío: el talento existe, pero no siempre encuentra estímulo ni reconocimiento. La historia cultural del país ofrece pistas. Mientras otros países europeos situaban el conocimiento en el centro del progreso, España avanzaba con prudencia y rutina, arrastrando inercias, hábitos y desconfianza hacia la inteligencia que cuestiona lo establecido.
Ese eco todavía se percibe hoy. La cultura del entretenimiento inmediato y la trivialidad conviven con la reflexión profunda, y el talento sigue siendo incómodo. El futuro depende de esas mentes inquietas que no se conforman con respuestas fáciles. Una sociedad que no aprende a cuidar a sus jóvenes más capaces no solo desperdicia talento: sacrifica horizonte, ambición y la posibilidad misma de progreso. Porque un país que teme al mérito termina condenado a vivir en el eco de su propia mediocridad.
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