"No me sentí cómodo en la cola de la vacuna: los parecidos eran demasiados"

Pacientes hacen cola para recibir la vacuna en el velódromo de Saint-Quentin-en-Yvelines, en el sudoeste de París.

Pacientes hacen cola para recibir la vacuna en el velódromo de Saint-Quentin-en-Yvelines, en el sudoeste de París. / ALAIN JOCARD (AFP)

Jordi Querol

Jordi Querol

Hace pocos días, en la planta baja de un edificio de la calle de Calabria me proporcionaron la primera dosis de la vacuna Pfizer. Aparqué mi moto en el chaflán con Sepúlveda y, sin mirar la numeración, enseguida vi que aquel era el lugar que yo buscaba: una multitud esperando en la puerta lo anunciaba. Aquella cola reunía a diferentes personas, pero con unas características comunes: todos teníamos el pelo blanco y algo más de 80 años. Las mascarillas no impedían observar que tras ellas había miradas antiguas. Todos habíamos sufrido la dictadura; como es natural, había muchas más mujeres que hombres, muchos andaban despacio y unos pocos iban acompañados de un familiar joven.

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Al entrar, con el carnet CatSalut en la mano y según nos iban indicando, nos dejamos vacunar con la esperanza de poder continuar. Efectivamente, de poder continuar viviendo, pero mezclados con todos los demás: nuestros hijos y nietos, nuestros familiares, amigos y vecinos. Allí, en aquella cola, los parecidos eran demasiados: no me sentí cómodo.

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