Ricos, pobres y tambores de guerra en el mundo

Soldados enmascarados frente a la estación central de Bruselas en una operación contra el yihadismo.

Soldados enmascarados frente a la estación central de Bruselas en una operación contra el yihadismo. / AFP / EMMANUEL DUNAND

Mario Martín

Mario Martín

El 28 de junio de 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo, a manos del nacionalista serbio Gavrilo Princip fue el detonante de la Gran Guerra (primera guerra mundial), incubada tiempo antes, en las incertidumbres derivadas del final de los colonialismos, acentuadas con los últimos efectos de las crisis sociales derivadas de la revolución industrial.

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En este año 2017, con los botones nucleares de las principales potencias mundiales en manos de personajes como Donald Trump o Vladimir Putin, y la incertidumbre sobre el alcance real de la capacidad nuclear de Corea del Norte y su peculiar líder Kim Jong-un, se mantienen activos conflictos bélicos en Siria, Congo, República Centroafricana, Sudán, Yemen, Colombia, Afganistán, Libia, Nigeria, Somalia y Pakistán, que acumulan cientos de miles de muertos.

Al tiempo, el terrorismo ha hecho presa en las calles de nuestro primer mundo occidental, desde Londres a París, desde Nueva York a Manchester, desde Bruselas a Niza, desde Madrid a Múnich, convirtiéndolas en campos de batalla de las 'cruzadas' de este siglo XXI, identificándose el fenómeno como yihadismo, en cuyas filas se calcula que hay unos 6.000 europeos que han sido reclutados para tal fin, toda una alegoría de como la indignación social y la rabia han hecho presa en un amplio estrato de nuestras sociedades. Mijail Gorbachov, premio Nobel de la Paz en 1990 y presidente de la Unión Soviética entre 1988 y 1991, publicó hace unos meses un estremecedor artículo en la revista 'Time', que incluía dos preocupantes frases. Por un lado decía que "la amenaza nuclear de nuevo vuelve a ser real", y por otro, que "el mundo pareciera estar preparándose para la guerra".

Las palabras del líder del fenómeno conocido como 'perestroika' parecen dolorosamente proféticas ante el escenario en el que el mundo va desarrollando su contemporaneidad, atravesado de heridas en forma de sangre, dolor, llanto y desconsuelo.

Guerras, terrorismo, la violencia que se ha apoderado de países como México, con 20.000 muertos solo en el 2016, las migraciones de grandes bolsas de poblaciones que buscan en el primer mundo una oportunidad para su vida y la de sus hijos; la globalización y el efecto que supone de imposibilidad real del cierre de fronteras por los países más avanzados, y también el empobrecimiento real de grandes capas de los habitantes de este primer mundo, que hoy viven peor que hace diez o quince años, en peores condiciones laborales, con más precariedad, con recortes sociales, que se sienten robados y víctimas de una desregulación cuyo único objetivo parece ser el trasvase de renta desde los salarios a los beneficios empresariales, engordando cada día un más amplio ejército de indignados y desesperados. Todo ello, un peligroso cóctel que pudiera prender ante cualquier nimio pretexto.

Quizá no estemos en guerra, pero nos dirigimos a ella de forma inexorable.

Más allá de banderas, religiones y otras clasificaciones que se quieran utilizar para dividir a quienes habitamos este planeta, convendría recordar que cualquier guerra decretada siempre encierra un negocio, aunque solo sea para ser utilizada como un cruel ajuste de la demanda de bienes y servicios, herramienta destinada a generar un nuevo crecimiento económico detrás.

En la medida en que cada uno podamos, y antes de seguir en esa espiral, convendría recordar la cita de Jean Paul Sartre: "Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren". Dicho queda. Atentos.

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