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"La Ricarda, un trocito de paraíso humilde que debe preservarse"

"La Ricarda, un trocito de paraíso humilde que debe preservarse"

MANU MITRU

Entrar en la zona de la laguna conocida como La Ricarda es como sumergirse en un espacio inmenso de luz. La luz del cielo azul de invierno calienta pero no abrasa, ilumina pero no ciega. La luz azul del domingo invernal es la dueña y señora de la laguna y su sol brillante y claro es el rey absoluto sentado en un trono verde lleno de brillos y reflejos. El cielo de La Ricarda es, por ello, más potente que la propia laguna. El cielo de La Ricarda es un magnífico manto azul adornado con una pequeña cenefa de tierra en su dobladillo. Los sonidos de las aves, los pocos coches que pasan y las voces de los paseantes se diluyen en su rotundo azul. El cielo brillante de La Ricarda convierte en bello y refulgente todo lo que toca: el asfalto precario de los caminos, las hojas de las alcachofas que exhiben abiertas como flores gigantes su sabrosa verdura invernal, el agua terrosa que discurre entre briznas largas de hierba de los canales de riego, el amarillo de las vallas cortando el paso de los vehículos, las desvencijadas furgonetas aparcadas junto a los alcachofares, los postes de luz, con sus cables desordenados, los cobertizos construidos con materiales de aquí y allá, los paseantes alegres y endomingados… y el ruido ensordecedor de un avión cuyas tripas exhibe enormes a pocos metros de nuestras cabezas con sus ruedas ansiosas por tocar la tierra, sosteniéndose en el aire, pesado y ligero al mismo tiempo, en un increíble equilibrio de fuerzas y de ingeniería que lentamente lo conducen hacia la pista de aterrizaje.

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Me gustaría que este trocito de paraíso humilde, proletario, hermoso, espacio natural protegido, de libre uso y disfrute para ciclistas, agricultores, avituristas y vecinos de El Prat (sobre todo), no se destruya con la excusa de ampliar el aeropuerto con el que este paraje convive. Apostemos por otras alternativas.

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