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"¿Cómo es posible que aún caigamos en la trampa las que creemos estar preparadas para reconocer el control?"
Una pareja besándose en el recinto del festival. / CARLO ALLEGRI (REUTERS)
Debora Vladimirova
Eran las nueve de la noche y yo salía de la biblioteca porque, con mis 30 años relativamente recién cumplidos, sigo yendo a esa caverna a torturarme y a hacer cola con los adolescentes del barrio. Sentía el cansancio en cada célula de mi cuerpo cuando una joven vivaz irrumpió en mi letargo con una historia digna de análisis.
Entretodos
Le contaba a su amiga que su novio la había bombardeado con mensajes en Instagram y WhatsApp porque ella le había cortado la ubicación en tiempo real y él, privado de su herramienta de rastreo, había entrado en pánico. La joven explicaba que había salido con sus amigas del instituto y que, tras sus consejos, había decidido dejar de compartir cada uno de sus movimientos, entendiendo que eso era un mecanismo de control.
Sin embargo, en un giro desconcertante, intentaba justificar el comportamiento del sujeto -un pegajoso espécimen que, por lo que dejaba entrever, no era nada nuevo- argumentando que él lo hacía porque la quería y quería asegurarse de que estuviera bien. Automáticamente, pese a ser 15 años mayor que ellos, profesora y sentirme ridícula por hacerlo, empecé a juzgarlos.
A él, por controlador. A ella, por permitirlo y romantizarlo como si de una novela de Stephenie Meyer se tratase. Pero entonces me detuve. ¿No era yo la ignorante por culparla sobre todo a ella? En ese momento, recordé las veces en que yo misma había estado sentada en un banco con mis amigas, contando historias de semejante índole. Me asusté. Porque pese a haber sido criada por una madre fuerte y profundamente balcánica (quienes hayan sobrevivido semejante ciclón me entenderán), mi primer instinto había sido juzgarla a ella por soportarlo, en lugar de cuestionar qué la había llevado hasta ahí.
¿Cómo es posible que incluso quienes creemos estar preparadas para reconocer el control todavía caigamos en esa trampa? Tal vez porque el amor, como nos lo contaron, no era más que un cuento mal escrito, donde la sumisión se disfrazaba de devoción y el control de protección.
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