Mateo Ruiz Oriol, elogio a un hombre discreto y gran directivo

Una oficina de Caja Madrid en una céntrica avenida de la capital española.

Una oficina de Caja Madrid en una céntrica avenida de la capital española. / DAVID CASTRO

Mario Martín

Mario Martín

Corría el año 1972 cuando el catalán Mateo Ruiz Oriol se incorporó como director general adjunto a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, haciéndose cargo, poco tiempo después, de la dirección general, la cual ocupó hasta 1990, año de su jubilación. En esos dieciocho años la entidad financiera madrileña, pasó de unos recursos de 35.000 millones de pesetas a gestionar más de billón y medio (multiplicando su balance por veintiocho), mientras su red de oficinas lo hacía por ocho (pasando de 100 a 875).

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Mateo, que era como era conocido y reconocido por toda la plantilla que trabajaba a sus órdenes era un hombre discreto, gran profesional, conocedor de lo que se traía entre manos, muy querido por todos sus colaboradores, sin que ello le impidiera ejercer el mando desde un adecuado nivel de exigencia, pero sin hurtar el reconocimiento a quien lo merecía y capaz de instaurar una meritocracia real en esa casa, que fue una de la claves para conseguir aquella plantilla tan comprometida e identificada con el proyecto, verdadera pócima milagrosa del éxito de esos años.

Tuve la fortuna de formar parte de ese proyecto y participar de esa época dorada, y personalmente me impactó la sencillez de Mateo, y su sentido común.

En una ocasión tuve la oportunidad estar presente como oyente, sin voz ni voto, en un Comité de Dirección de los de la época, parte del cual eran los directores de zona de entonces, lo cual facilitaba la comunicación y la cercanía sobre la problemática que el día a día presentaba en las oficinas, sin haberse aplicado aún las mastodónticas estructuras que luego vinieron, para colocar a tantos 'propios' de los que llegaron como 'ajenos'. Fui testigo de una frase que expresó su forma de hacer: un director de zona le propuso abordar cierto tipo de operaciones, Mateo escuchó atentamente, y cuando su interlocutor terminó su exposición, le preguntó, ¿pero, eso suma resta?.

La pregunta que Mateo hizo ese día, se debería haber planteado en muchas ocasiones, años después de él abandonar su responsabilidad, por ejemplo a Miguel Blesa de la Parra, antes de que éste constituyese, con los fondos de la entidad, una bodega de vinos y cavas, a más de 500 euros la botella en su despacho, o a Rodrigo Rato y Figaredo, antes de pagar con su 'tarjeta black' en bares de copas a altas hora de la madrugada, se tratara de los servicios de que se tratase.

Parece evidente que la causa principal del por qué Mateo Ruiz Oriol fuera parte de la mejor época de la Caja de Ahorros de Madrid que, por entonces, era la entidad financiera española mas solvente, entre las europeas, junto al Banco Popular, fue justo lo que faltó para que esa misma casa iniciase su imparable declive, hasta devenir en el 'frankenstein' llamado Bankia, gracias fundamentalmente a la politización aplicada al sector del ahorro, hasta terminar en manos de su competencia, proceda ésta de Santander, de Bilbao o de donde sea.

Mateo Ruiz Oriol, falleció el pasado 23 de enero, casi nadie en Bankia de hoy sabrá quien fué él, lo que hizo por esa casa y lo bien que lo hizo.

Hace unos cuatro años, antes de abandonar mi vinculo profesional con esa entidad, tuve la oportunidad de hablar con uno de sus hijos y compartir con él los buenos recuerdos que personalmente guardo, y siempre guardaré, de su padre. Hoy lo hago en público, a través de este pequeño homenaje y seguro que él, desde su sencillez, y modestia, al enterarse, tendrá un pequeño gesto de incomodidad, pero permítamelo, Mateo, usted se lo merece.

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