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"Vuelva usted mañana…, o mejor no vuelva"

Vista de la Delegación Central de la Agencia Tributaria en Madrid, en el último día para presentar la Declaración Anual de la Renta. Foto archivo

Vista de la Delegación Central de la Agencia Tributaria en Madrid, en el último día para presentar la Declaración Anual de la Renta. Foto archivo / JUAN M. ESPINOSA

Se ha establecido, con la dulce fatalidad de lo irremediable, una manera de vivir que solo parece ordenada porque consiste en no llegar jamás a ordenarse. El país no cae ni se levanta: se entretiene en una oscilación leve entre el deseo de ser algo y la costumbre de no serlo del todo. La política, que en otras naciones aspira a dirigir lo común, ha alcanzado aquí el arte singular de administrar la espera.

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Se promete con gravedad, se rectifica con pulso, se aplaza con método. No hay proyecto, sino continuidad; no hay rumbo, sino inercia vestida de debate. Y el ciudadano asiste, sin asombro, al espectáculo de lo que nunca termina de empezar. No sería justo cargar toda la culpa sobre quienes gobiernan, pues no menor es la de quienes consienten sin memoria ni exigencia. El español discute con ardor lo accesorio, se indigna con precisión de espejo, y olvida con idéntica facilidad con que se indignó.

Se exige poco, porque exigir supone recordar; y recordar, en este clima, es casi una descortesía. Se prefiere la conversación al juicio, la apariencia al examen, el gesto al acto. Así se vive informado de lo trivial y reconciliado con lo esencialmente inmutable. La envidia, policía sin uniforme, ordena más que la ley: el mérito incomoda y la mediocridad se aplaude como virtud de convivencia.

Y todo concluye, como en las oficinas de siempre, donde los expedientes no avanzan sino que se acumulan, y el tiempo no discurre sino que se sella. El ciudadano sale con su esperanza en suspenso y aprende, al fin, la consigna nacional: Vuelva usted mañana…, o mejor no vuelva.

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