09 ago 2020

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Mafias que hacen pasar la okupación como un movimiento social

Jorge Aguirre

La zona industrial de Badalona sur, con las chimeneas de Sant Adrià al fondo.

La zona industrial de Badalona sur, con las chimeneas de Sant Adrià al fondo. / ALBERT BERTRAN

El de la okupación es un tema que va y viene. Lo hace conjuntamente coincidiendo con el repunte del fenómeno en nuestras ciudades. Hablaré desde mi realidad inmediata, Badalona, Montigalà.

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Allí han tomado los edificios que habían servido de morada para nuestros visitantes en los JJOO del 92, que luego pasaron a ser propiedad de la que en aquel entonces era una creciente clase media badalonesa. Se han posicionado en los edificios de más reciente construcción, aunque también en zonas más deprimidas en un barrio que se encontraba en constante transformación, que tenía visos de prosperidad. No fue del todo así.

Los sueños truncados de la crisis dejaron un barrio a medio gas, y a muchas familias en la calle tras la quiebra de sus negocios o el cierre de las empresas donde trabajaban. La historia es bien conocida. Y el banquete quedó servido: cientos de pisos en manos de los bancos, comprados por paquetes como si fuesen manzanas en mercado a bajo precio.

Pero del banquete quieren participar más comensales. Entre ellos, no solo necesitados que en muchos casos han contado con el apoyo de sus comunidades de vecinos para evitar su desalojo, aunque estos son, desgraciadamente, los que menos. Los que más, unas mafias bastante peligrosas que se mueven en vehículos de lujo y que revisan las páginas web de los bancos para buscar su próximo objetivo, la nueva oferta a okupar. Señoritas jóvenes vestidas de Zara y que se mueven en coches de gama alta para disipar dudas y que convencen a la abuela incauta de turno de que son comerciales de una agencia para poder entrar en la finca objetivo, y con cerrajero tras sus faldas poder instalar la nueva cerradura de un piso que dicen demostrar, con contrato falso en mano, que ahora es suyo.

Saben que el banco no estará allí en semanas para posicionarse en el piso. Ni en meses. Saben que el tiempo juega a su favor ante la desidia y el desinterés de los bancos. Total, un piso menos. Aquí comienza el calvario.

Ante la okupación, una comunidad de vecinos que en el mejor de los casos observará impávida cómo le consumen sus servicios de agua, gas y luz, ya que dichas viviendas no pueden darse de alta; viendo cómo destrozan las zonas comunes, ya que los nuevos habitantes suelen ser personas del clan, o bien no las más dadas a la convivencia (de muchos casos en Badalona, no conozco el primero en que haya habido buena vecindad).

El rastro es la impunidad, los sueños rotos de vecinos que compraron su vivienda con el sueño de vivir en familia, o solas, tranquilas, felices, y sin problemas. Y lo peor, la manipulación. De unas mafias que hacen pasar su okupación como social para poder lucrarse de dichos pisos, y con el apoyo de la sociedad ante tanto desahuciado. Mimetizarse con un problema tan serio para sacar dinero y volver más crónico un problema que cambiará la faz de nuestros barrios y ciudades, donde cada vez será más difícil distinguir quién necesita y quién se lucra del necesitado.

Manipulan la vaguedad de nuestro sistema legal con total descaro. Todo esto, cantado desde hace décadas, en una ley que no protege, cuya falta de actualización ante las nuevas formas de crimen ya no nos protege. Ni al propietario y su propiedad, ni al que ha perdido su vivienda, ni a la comunidad a la que afecta. Desidia que pagamos todos. Y de qué forma.

Seguramente, si lee este artículo pasará página y antes de que acabe el periódico ya se habrá olvidado usted de estas palabras. Hasta que el okupa de turno se encuentre frente a su puerta. Y se encuentre ante el desespero de saber que no podrá sacarles de allí en un lustro. Como mínimo. 

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