01 abr 2020

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Los tebeos llenaron mi infancia de gozo y plenitud

Jordi Martín Mateo

Tebeos de siempre 8 Zipi y Zape y tres de sus nuevos amigos, recuperados por José Luis Reyes.

Tebeos de siempre 8 Zipi y Zape y tres de sus nuevos amigos, recuperados por José Luis Reyes.

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Uno de los mejores momentos para estimular, desarrollar y modificar nuestra vida es el periodo que denominamos infancia. Cuando todavía no somos adolescentes, pues entonces ya empezamos a notar los pinchazos de lo que va a ser la dura vida adulta. Es importante empezar a robustecerse culturalmente. Y lo que más nos enriquece son los contenidos gráficos o escritos, como los libros, ya sean didácticos, lúdicos o ilustrados. En esta última categoría habría que destacar la historia ilustrada, es decir, el cómic o, como vulgarmente se conoce en España, tebeo.

Pero hoy, por desgracia -y conviene anotar que España, con Catalunya y Valencia a la cabeza, fueron en su día las provincias que más editoriales de cómics albergaban- ya no existen o mejor dicho, no existen de la misma forma. Aquellos cuadernos tan entrañables como maravillosos que comprábamos en el quiosco, y que esperábamos que aparecieran para comprarlos con tanta ansia como ilusión y pasar un emotivo rato que excitaría sabiamente nuestra imaginación y nos trasladaría a otros mundos, tan divertidos como emocionantes o intrigantes, prácticamente han desaparecido. Ya no hay ni quioscos para comprarlos. La electrónica impera, y aunque forma parte del progreso, no aporta el conveniente consejo artístico ni didáctico, ya que es demasiado accesible. Y la espera siempre engrandece la personalidad, aunque sea joven.

Sé que el cómic, hoy, está sustentado en lo que se conoce como 'novela gráfica', pero aunque hay aspectos muy interseantes en ella, se ha desvinculado del auténtico aspecto del cómic de toda la vida. Aparte, suele ser elevada de precio, lo que dificulta su accesibilidad, y es un producto de minorías. Recuerdo, de niño, las largas tardes de verano -en mi familia, debido a nuestra humildad, no podíamos ir de vacaciones- deleitándome con mis tebeos. Gracias a su lectura, lo que debían ser días monótonos y aburridos, fueron auténticas jornadas de gozo y plenitud.

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