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Las pensiones no son un donativo

EFE / LUIS TEJIDO

Concentración de pensionistas ante el Ayuntamiento de Bilbao, el 12 de marzo de este año. 

Eduardo López LaguartaTerrassa

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Jueves, 15 de marzo del 2018 - 16:00 h

Es consuelo de tontos decir que hay países en los que se vive peor, también los hay donde se vive bastante mejor. Pero nos ha tocado este y de este hablamos, porque siendo cierto que la globalización se ha llevado por delante ingentes puestos de trabajo mermando la siderurgia y que la industria naval y minera son casi residuales en este país, no es menos cierto que la falta de políticas de previsión y los desbarajustes en materias de educación y de empleo, con una reforma laboral dirigida a socavar la contratación estable en favor de la precaria, nos han desnudado ante la crisis, pues hasta el último peón de albañil esperaba el 'boom' del ladrillo, y si a todo esto añadimos los datos que hablan de que cuando este gobierno empezó a minarnos la salud, había 67mil millones de euros en el fondo público de pensiones y cinco años después quedaban 24.000 y bajando, nos despertamos hoy oyendo desde los estrados el sibilino mensaje de "sálvese quien pueda" con lo privado e incluso con algún cargo relevante, preparadísimo, pero con muy poca educación al atreverse a echar cuentas con las viviendas de los pensionistas.

Las pensiones no son un donativo que se pueda dar o quitar según medidas presupuestarias, es dinero adelantado para su reparto en el relevo generacional, es el pacto establecido entre Gobierno y sindicatos mediante el cual, con buen criterio y a la orden, las empresas cotizarán por sus trabajadores y estos, más los autónomos precavidos, aportarán durante su vida laboral activa parte de sus salarios en un fondo con garantía de estado para que los sucesivos gobernantes de esta grande y libre nos atiendan y nos administren un retiro con cierta dignidad. Y resulta que estos de hoy, esgrimiendo sin sonrojo su fracaso, nos dicen que no hay margen para subidas, que ha mermado el ratio de activos y jubilados y que esos fondos están distraídos, pregonando esa murga cansina de la herencia recibida y que, de no ser por su abnegada gestión, España habría sido rescatada, cuando ha sido una tropa de insufribles políticos de todos los colores quienes la han secuestrado y expoliado. Ysi esta película termina así, habrá que titularla 'La gran estafa'.

La escasez de inteligencia política y la abundancia de políticos listos y de merodeadores nos están abocando a una situación dramática mientras los responsables, lejos de ser dimitidos o cesados, se lucen a diario en los medios, vendiendo humo para que los que cotizamos, los que ya no cotizamos y los narcotizados les renovemos el contrato para seguir asaltando el tren del dinero.

Seguro que la corrupción política no es la causa principal de lo que se nos viene encima, pero hace ya años que en las noches electorales no puedo reprimir la resignación cuando los ganadores, da igual quiénes, pues el patrón es el mismo: aparecen saltando sin medida, histéricos y eufóricos, descorchando botellas, campeonando y repartiendo abrazos sin decoro, y al verlos no puedo evitar el gesto instintivo de echarme mano a la cartera. Y es que no damos con la tecla.

Nos vamos haciendo viejos al son del trasiego de sobres, los asientos del tesorero, la 'Gürtel', la Púnica, las 'black', el canal de Isabel, los ERE, el Palau, los sueldos vitalicios, los paraísos panameños, las puertas giratorias y las mil danzas de un baile de lobos insaciables. Pero como es de ley y así ha de ser, que en democracia siempre decida la mayoría, pues así estamos, con el mensaje claro y obtuso que transmite esa mayoría: ¡Aguanta Mariano, sé fuerte!

Cómo puede el jubilado de hoy y el de mañana amparar con su voto semejantes tropelías. Habría que ventilar, y el último que apague la luz.

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