"¿Habrá valentía para aprovechar la oportunidad republicana que se nos ha presentado?"

El rey Juan Carlos I saluda en la plaza de toros de Aranjuez, el 2 de junio del año pasado.

El rey Juan Carlos I saluda en la plaza de toros de Aranjuez, el 2 de junio del año pasado. / Efe / Ismael Herrero

Sebastián Romero

Sebastián Romero

La salida del rey emérito de España parece haber abierto una nueva vieja rencilla entre las dos Españas, la republicana y la monárquica. La monarquía no parece gozar de buena salud, pese a las décadas 'gloriosas' que vivió junto al despliegue de la democracia. Y si bien parece imprudente hablar de 'fugado' al ser inexistente, de momento, imputación alguna, algunos medios han preferido otorgar al emérito el calificativo de 'exiliado', condición impropia para un país democrático y negada al prófugo Puigdemont cuando decidió establecerse en Waterloo.

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En cualquier caso, me parece difícil dejar de establecer un paralelismo entre esta situación y la generada con motivo de la proclamación de los dos periodos republicanos precedentes en la Historia de España: la corrupción, el exilio real y el cambio de régimen pactado.

La reina Isabel se exilió en 1868, al estallar la revolución 'La Gloriosa', después de hacerse pública la existencia de una caja 'B' de la Corona nutrida durante décadas por el cobro de comisiones en la construcción de canales, puertos y el ruinoso ferrocarril en España; su salida dio paso a un efímero cambio de dinastía (los Saboya) y, posteriormente, la proclamación de la I República (1873).

En 1931, la victoria de los partidos republicanos en unas elecciones municipales forzaron la salida de Alfonso XIII, dando lugar a la proclamación de la II República y en su exilio, la Italia fascista de Mussolini, nació nuestro rey emérito en 1938. Alfonso XIII, desprestigiado por su apoyo a la dictadura de Primo de Rivera, estaba salpicado por delitos de estafa societaria, prevaricación y cohecho.

La tercera coincidencia entre 1870 y 1931 es la mayoría monárquica de las cámaras, que votaron, a conciencia y por una mayoría cualificada, la instauración de la I y II República.

Ahora toca saber si existirá valentía para abrir un período constituyente o la cobardía de mantenerse leales a la institución real después de la pérdida de confianza de la ciudadanía.

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