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"De la trata atlántica a la precariedad política del siglo XXI"
Archivo - Inmigrantes llegan a las costas de Reino Unido / Europa Press/Contacto/Marcin Nowak - Archivo
Sergio de Fuente
Confieso que pocas veces una serie me ha sacudido tanto como cierta escena de la cuarta temporada de 'Outlander'. Claire Fraser logra salvar a un joven africano gravemente herido tras ser condenado a muerte en las colonias americanas de Carolina del Norte. Su relato -sobrio, casi sin rabia- resulta devastador: fue arrancado de África, separado de su hermana, vendido y transportado como mercancía. Mientras lo escuchaba, pensé que el verdadero horror no residía solo en la violencia explícita, sino en la tranquilidad moral con la que aquel sistema convertía la deshumanización en norma.
Entretodos
Entre los siglos XV y XIX, Europa sostuvo buena parte de su expansión económica sobre la trata de millones de africanos, especialmente hacia América. No fue un error del pasado, sino un modelo organizado, legitimado por estados y sostenido por intereses muy concretos. La abolición cerró un marco legal, pero no desmontó la lógica esencial: aprovechar la fragilidad ajena como recurso.
Esa lógica reaparece hoy bajo una retórica distinta. Europa observa la llegada constante de personas procedentes de África, empujadas por la miseria y recibidas en una precariedad estructural que rara vez se resuelve. En España, la reciente ley impulsada por el Gobierno de Pedro Sánchez para regularizar a miles de inmigrantes en situación irregular emerge en un contexto político revelador: tras un severo desgaste electoral y una profunda crisis interna, el poder busca recomponerse mediante decisiones de alto valor simbólico y escaso coste inmediato.
La norma no va acompañada de un proyecto serio de integración, empleo o cohesión social. Legalizar sin ofrecer horizonte no es justicia: es administrar vulnerabilidad. Ayer, la esclavitud producía riqueza; hoy produce oxígeno político y rédito moral. Si el sufrimiento sigue siendo funcional al poder, aunque se envuelva en decretos y discursos humanitarios, ¿qué es exactamente lo que creemos haber abolido?
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