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"La verdad incómoda acerca de la aplastante victoria de la ultraderecha en Italia"

Giorgia Meloni agradeciendo a Italia su votación.

Giorgia Meloni agradeciendo a Italia su votación. / Alessia Pierdomenico/Bloomberg

César Carulla

Cuando el río suena es que agua lleva. Eso pasa cuando desoyes el ruido que te envuelve: te arrastra su causa. Los partidos progresistas de toda Europa llevan años haciéndose los sordos ante los problemas de gran parte de sus ciudadanos. Durante los últimos años, la clase media trabajadora y las clases autóctonas más desfavorecidas no han parado de quejarse por la nefasta política migratoria por la que sienten invadidos sus privilegios.

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En efecto, de eso trata la aplastante victoria de la ultraderecha en Italia y sus avances en Francia y Suecia, por no hablar de Polonia y Hungría, ya consolidada en sendos gobiernos. Principalmente lo que reivindica la ultraderecha es el privilegio que se supone te otorga el ser de la patria de tus padres y abuelos. Y la gente quiere sentir que dispone de esos privilegios.

Pero ¿por qué? ¿Por qué el ser humano (sea de donde sea) necesita sentir que tiene privilegios sobre el inmigrante? ¿Es acaso ilegítimo?, ¿inmoral?, ¿amoral? Los partidos socialdemócratas y de izquierda han dado respuesta a estas preguntas demasiado rápido. Ahí tenemos el caso de Suecia, la gran valedora de la igualdad en Europa durante décadas, desde que fuera invadida por los refugiados; cómo ha cambiado su criterio político al respecto: solo han pasado unos años de convivencia y la ultraderecha se encarama al poder.

Los países del sur de Europa sabemos muy bien de qué trata su problema de ahora y la demagogia de su discurso de años atrás, cuando la inmigración que le llegaba era ordenada y proporcional a sus necesidades. En fin, ahora saben que son los grandes guetos producto de las ocupaciones masivas, la delincuencia producto de la falta de recursos, la inseguridad que sienten. ¿O acaso me lo invento?

En ciertas capas sociales nadie es ajeno a esa realidad y es precisamente eso lo que responde a la pregunta de marras: ¿cómo es posible que la ultraderecha gane tantos adeptos? ¿Nos estamos volviendo trogloditas? ¿Por qué?

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