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"Los hijos demasiado protegidos serán jóvenes vulnerables"

Un grupo de adolescentes pasea por la calle en Barcelona.

Un grupo de adolescentes pasea por la calle en Barcelona. / ELISENDA PONS

Queremos que nuestros hijos sean felices, seguros y estén bien. El problema aparece cuando, en nombre de ese bienestar, intentamos apartar de su camino cualquier dificultad, cualquier espera, cualquier frustración. Cada vez cuesta más ver a niños y adolescentes sostener el esfuerzo, aceptar un no, tolerar el aburrimiento o asumir que no siempre van a destacar. Y quizá no sea solo un problema suyo.

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Tal vez llevamos años educándolos en la idea de que incomodarse es injusto y de que todo malestar debe resolverse de inmediato. Pero vivir también es aprender a esperar, a caer, a perder, a equivocarse y a volver a intentarlo. Sin esa experiencia, no se forma la fortaleza interior, solo una fragilidad bien disimulada. Proteger no debería significar allanarles el camino hasta dejarlo sin relieve.

Porque una educación que evita sistemáticamente el esfuerzo y la frustración puede terminar criando jóvenes más vulnerables, no más felices. Educar no es impedir que sufran siempre. También es enseñarles a resistir.

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