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"¿Aún hay guerra?"

"¿Aún hay guerra?"

La pregunta sería impertinente si no fuera porque, en su desoladora ingenuidad, quienes sabemos que sí, que todavía hay guerra, más de una, incluso, no podemos presumir de saber ni, sobre todo, hacer demasiado, no por evitarla, sino por digerirla y fraternizarla aunque solo sea emocionalmente.

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La duda la manifestó una joven de 20 años con una indolente displicencia. Como si hubiera preguntado en un tono no muy diferente si todavía llueve. Una ostentosa exhibición glacial de desafecto, el soslayo de la despreocupación.

De lo que ni siquiera hay preguntas es de la prima de riesgo, de la inflación, del cambio climático, de los hombres de negro, las energías renovables y tantos otros asuntos tediosos e ininteligibles que tan certeramente describe Gilles Lipovetsky en el ensayo 'De la ligereza'. Porque hay otro mundo, el de Shein, Instagram, TikTok y Netflix, donde se vive mejor y donde está el Santo Grial de la felicidad.

Las guerras, mientras queden tan lejos, no son más que una incómoda anomalía que apenas provoca algún rasguño en nuestra sensibilidad y una condescendiente curiosidad. Y aquí, en nuestro paraíso, puede que cuando se agote nuestra fingida empatía, acabemos poniendo el cartel de 'No molestar'.

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