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"Al fútbol, cuando se le deja jugar limpio, todavía es capaz de hacer justicia"

GR7111. EAST RUTHERFORD (ESTADOS UNIDOS), 19/07/2026.- Ferrán Torres de España celebra un gol este domingo, en la final del Mundial de la FIFA 2026 entre España y Argentina en el estadio MetLife en East Rutherford (NJ, EE.UU.). EFE/ Lavandeira Jr

GR7111. EAST RUTHERFORD (ESTADOS UNIDOS), 19/07/2026.- Ferrán Torres de España celebra un gol este domingo, en la final del Mundial de la FIFA 2026 entre España y Argentina en el estadio MetLife en East Rutherford (NJ, EE.UU.). EFE/ Lavandeira Jr / LAVANDEIRA JR / EFE

Ricardo Urazurrutia

La sensación que dejó la final del Mundial de fútbol trasciende lo deportivo. Porque el domingo no solo se ganó un título: se impartió justicia. Argentina llegaba a la cita convertida en enemigo público del fútbol. Un torneo entero de juego sucio, de victorias agónicas envueltas en sospecha, de arbitrajes que -casualidad tras casualidad- siempre soplaban a favor de la albiceleste.

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Una Cenicienta a la que el señor Infantino parecía tenerle reservado el zapato de cristal desde antes del sorteo. Y un Messi crepuscular, ídolo caído, al que el guion exigía coronar por última vez, costase lo que costase. El guion, sin embargo, no contaba con esta España. Ni con dos goles anulados que habrían hundido a cualquier equipo con menos oficio, ni con un arbitraje que rozó lo esperpéntico.

La Roja se impuso contra todos y contra todo: contra el rival, contra el colegiado y, posiblemente, contra los planes de la propia FIFA, que ya tenía -uno sospecha- el confeti albiceleste preparado. La célebre "soy español, ¿a qué quieres que te gane?" encuentra, esta vez sí, su cita con la historia. Y hasta los no futboleros, como el que aquí suscribe, nos descubrimos anoche celebrando algo más grande que un gol de Ferran Torres en la prórroga: la derrota del fútbol-negocio, del fútbol-despacho, del fútbol de los intereses creados.

Cabe entonces preguntarse si este título servirá de algo más que de fiesta efímera. Si alguien en Zúrich tomará nota de que al fútbol, cuando se le deja jugar limpio, todavía es capaz de hacer justicia. O si, dentro de cuatro años, volveremos a asistir al mismo teatro con distinto decorado.

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