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"La farsa de la concertada endogámica"

Aula de una escuela catalana este curso.

Aula de una escuela catalana este curso. / Sandra Román

Crecí en un entorno rural, en un colegio de unos 15 compañeros por curso. El ambiente no era especialmente motivador; más bien monótono, pero tranquilo. He descubierto ya de adulta que soy superdotada. En aquel momento solo sabía que me aburría y pasaba el día disociada en mi mundo. Nadie me molestaba: se aceptaba que era así y ya. Obviamente todos éramos distintos, con realidades diversas que, curiosamente, aportaban armonía.

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Me fui de allí porque ese ambiente estancado y falto de estímulo me oprimía. Años después, ya trabajando en una ciudad mediana y al tener que elegir escuela para mi hija, me decanté por una concertada religiosa por comodidad, referencias y horario. Tenían salidas culturales, teatro y aula de música. Me pareció bien. Tras varios años en el sistema, fue quedando cada vez más claro para mí que este tipo de colegios disponen de recursos, pero su gran problema es la homogeneidad y la rigidez del sistema. "Siempre ha sido así" es la respuesta mayoritaria a cualquier planteamiento de cambio.

La mayoría de alumnos son hijos de exalumnos y los profesores, exalumnos también. Todos cortados por el mismo patrón. Les gusta o debe gustar hacer deporte, hablar de deporte y relacionarse solo entre ellos. Ante un perfil distinto, se activan todos sus instintos y atacan sin impunidad al que no cumple con lo que se espera. También los profesores son así y atacan al alumno indefenso que es diferente porque les resulta molesto. Luego se llenan la boca de vocablos religiosos, refranes y lemas institucionales. La verdad es que es una red de amparo endogámica de la que, si no formas parte, te caes.

La institución no está de acuerdo en activar protocolos de ningún tipo porque se consideran una escuela perfecta y no quieren esa losa. Tampoco quieren gastar en adaptaciones. Se llenan la boca de lo inclusivos que son y de cuánto protegen, pero resulta que mi hija tuvo a bien ser superdotada y ellos no la supieron ver. Se dedicaron a poner calificaciones fuera de lugar y a irla apartando, todo con una sonrisa y una mano tendida. Otros casos acaban con la salida por la puerta trasera y en silencio, porque si alzas la voz, la red de los populares caerá contra ti.

Por desgracia, la atención a personas con necesidades especiales a nivel público es buena, pero faltan recursos. A nivel concertado se les infla la boca, pero no es lo que quieren: quieren a sus alumnos mediocres "hijos de", hasta que tanta endogamia acaba creando alumnos moldeados en la homogeneidad que van felices a la escuela sabiendo que se llevarán el premio, el excelente y la palmadita en el hombro. Nula capacidad de esfuerzo. Entonces solo queda la privada, un lujo al alcance de pocos.

Va siendo hora de que a estas instituciones arcaicas y rígidas se les retire el concierto público. A las que sepan adaptarse a los tiempos, bienvenidas sean. Me gustaría ver, si se privatizaran del todo, cuánto aguantaría este sistema de creación de mediocres. Vamos a la concertada, pero a comer a casa con los abuelos porque el sueldo no da para el comedor. Los uniformes raídos tras tres generaciones de uso. Eso sí: todos con la crucecita de oro y su cadenita.

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