"La excelencia de una sociedad depende de sus individuos"

Aula de bachillerato en el instituto Escola Costa i Llobera, esta mañana en Barcelona .

Aula de bachillerato en el instituto Escola Costa i Llobera, esta mañana en Barcelona . / Ferran Nadeu

Gema Abad Ballarín

Leyendo una revista que trata de personajes influyentes en la historia de la humanidad, me he parado a reflexionar sobre este fragmento: “La cotidianidad y la estabilidad no producen situaciones históricas excepcionales; es en los momentos de sacudida, de crisis, cuando se gestan las principales transformaciones sociales”. A continuación, he seguido con la lectura acerca de un gran personaje nacido en China, Confucio, y he recogido algunas ideas que forman parte de su filosofía.

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Este hombre sencillo, que consagró su vida a la enseñanza, creyó profundamente en la capacidad de los hombres para elevarse sobre sus propias miserias y en la fuerza revolucionaria de la educación para construir una nueva sociedad.

La excelencia de una sociedad dependía en buena medida de la de sus individuos, de ahí la importancia de hacer extensiva la educación a todas las clases sociales. En consecuencia, él buscaba que la educación no solo convirtiera a sus alumnos en eruditos, sino que pretendía cultivar su espíritu, mejorarlos como seres humanos para que mejorasen su sociedad. Así, en su escuela se formaba a los discípulos bajo el ideal de «hombre noble». El hombre noble no era el de alta cuna, sino el de noble moral.

Según la teoría de Confucio, el saber era necesario para alcanzar la virtud, que es lo que aporta paz interior y felicidad.

Algunas de sus máximas han logrado atraer mi atención durante unas horas. Me quedo con esta que puede disipar los enconamientos que están haciendo estragos en la vida social del país: “No pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación”.

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