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"La enseñanza que nos dejó la crisis de Perejil"

Marroquíes celebrando en la Isla Perejil la salida de las Fuerzas Armadas españolas.

Marroquíes celebrando en la Isla Perejil la salida de las Fuerzas Armadas españolas.

Victoriano Sánchez

En un 'reel' de Instagram me reencontré con uno de esos episodios de la política exterior española que el paso del tiempo convierte en una auténtica lección de Estado. Después de la entrada masiva en Ceuta, esto adquiere una vigencia que resulta difícil ignorar. Se trata de la intervención militar para recuperar el islote de Perejil en 2002.

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En una entrevista, el expresidente José María Aznar explica que dio la orden de recuperar el islote y, acto seguido, plantea una pregunta tan sencilla como reveladora: «¿Para qué?». Su respuesta fue que «no se trataba de exhibir fuerza». El objetivo, en primer lugar, era restablecer el 'statu quo', devolviendo la situación al punto de partida y preservando el respeto a la soberanía española.

Pero además, existía un segundo propósito: enviar un mensaje inequívoco. Cuando alguien altera unilateralmente el equilibrio existente en la frontera, España responderá para restablecer la legalidad y evitar que ese precedente se consolide. La firmeza no era una demostración de poder, sino un instrumento de disuasión destinado, precisamente, a impedir que estos hechos volvieran a repetirse.

En la reciente crisis de Ceuta, decenas de miles de personas consiguieron cruzar la frontera en apenas unas horas. La cuestión ya no es únicamente migratoria o humanitaria; también afecta a la seguridad nacional, al control efectivo de las fronteras y a la credibilidad del Estado. Porque, al final, la mejor política exterior es dejar claro que existen límites cuya vulneración tiene consecuencias.

Esa fue la enseñanza que dejó Perejil hace 24 años. Y, a la luz de lo sucedido en Ceuta, quizá convenga volver a recordársela a nuestro gobierno.

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