15 ago 2020

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El 'Joker' y la nueva fobia del siglo XXI a las personas que no suponen valor económico

Santiago Ortiz Lerín

Joaquin Phoenix, en una imagen promocional de ’Joker’, de Todd Phillips

Joaquin Phoenix, en una imagen promocional de ’Joker’, de Todd Phillips

Debajo del guiño a la ciudad ficticia de Gotham, la película Joker que se estrenó el 5 de octubre es, digamos, una exageración apocalíptica pero al mismo tiempo una denuncia contestataria sobre temas sociales que queda desdibujada por el hilo conductor de la violencia como banderín de enganche para comercializarla. 

La denuncia social se ve vertebrada en dos vectores: de un lado, el desprecio de estratos aburguesados sobre los más empobrecidos, es decir, un conducta subrepticia de odio, y de otro lado, el recorte en gastos de servicios sociales que acaba afectando a enfermos crónicos de patologías mentales en riesgo de exclusión. Hay que puntualizar que ni la revolución violenta de la película conduce al progreso, sino a una decadencia destructiva, ni las personas con estas patologías son un riesgo en la mayoría de los casos.

El perfil del personaje ficticio de Arthur Fleck es el de un niño adoptado que sufre abusos en la infancia, quien vive en un ambiente de desarraigo familiar, con carencias de habilidades sociales y que por su situación socioeconómica ha de padecer en la vida adulta situaciones de violencia y discriminación social. Hasta aquí, podría ser un caso real, y también que en edad adulta Arthur Fleck sufre un trastorno por el que precisa terapia y medicación crónica, y que por recortes sociales la interrumpen, deja de tener terapeuta y medicación. Hasta este punto el caso es verosímil y amenazante para personas enfermas y vulnerables. De hecho, esto supone un desprecio a la legislación internacional de las Naciones Unidas, si lo llevamos a la realidad. 

A partir de ahí, que Arthur Fleck se convierta en un asesino y provoque una espiral social de violencia, esto es ya una deriva peliculera. Pero lo que sí debe preocuparnos son los efectos humanos de los recortes en ámbitos sociales y sanitarios, su mercantilización, y la nueva fobia del siglo XXI hacia personas que no han alcanzado un estatus triunfador, es decir, cuando no suponen valor económico.

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