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"La democracia se rompe cuando la intolerancia deja de escandalizar"

João Neves y Nuno Mendes disputan el balón con Lamine Yamal.

João Neves y Nuno Mendes disputan el balón con Lamine Yamal. / Mariscal / EFE

Hay frases que retratan a una sociedad mejor que cualquier hecho. Este fin de semana, en Aguaviva, un pequeño pueblo del Bajo Aragón, mientras asistía en el bar del pueblo a la retransmisión del partido de la selección española, un adolescente señaló a Lamine Yamal y dijo con absoluta normalidad: "Ese moro de mierda". No había ni provocación, simplemente actuó con la rutina de quien comenta un fuera de juego.

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No me escandalizó solo el insulto, me escandalizó comprobar que el racismo ya no necesita levantar la voz, le basta solo con hablar con normalidad. Porque nadie nace odiando, el odio siempre tiene a unos maestros que se convierten en altavoces y cómplices de la situación. Alguien le ha enseñado a ese chico que el color de la piel pesa más que el talento, el esfuerzo o el compromiso con el país al que Lamine representa.

Resulta irónico que quienes más envuelven su patriotismo en una bandera sean incapaces de reconocer como compatriota a quien la honra sobre el césped, su idea de España parece depender menos del pasaporte que de la pigmentación de la piel. El verdadero peligro no es un adolescente repitiendo un insulto, es una sociedad que empieza a considerarlo como una opción respetable.

Las democracias no suelen romperse de golpe, se erosionan poco a poco, frase a frase, perjuicio a perjuicio, hasta que la intolerancia deja de escandalizar y se instala en nuestra conversación cotidiana. Y no solo lo dice un adolescente, lo dice también todo un expresidente del Gobierno de España como Mariano Rajoy refiriéndose a la selección francesa. Y cuando llegue ese día, en el que la intolerancia se considere algo normal, habremos perdido algo más que un simple partido de fútbol.

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