El debate de los cuatro candidatos, una sucesión de monólogos

Mario Martín

Mario Martín

La mayor evidencia tras el debate televisivo mantenido el pasado 13 de junio, fue la liturgia de los cuatro partidos para promulgar como ganador del mismo al líder de su formación. Así, a la salida del evento se repitieron idénticos tics, llenos de sonrisas, abrazos y signos de victoria.

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Rajoy aparecía en un formato de este tipo por primera vez y fue fiel a la previsibilidad de la que tanto presume, comenzando por su clásico ‘look’, minimizando los riesgos, refugiado en el argumento de la herencia recibida hace 52 meses, enunciando “lo difícil que es gobernar” frente a quienes considera unos aspirantes sin experiencia. Salió vivo del debate, y ese fue su mérito, aunque las referencias a la corrupción dispararon una multitud de gestos en su cara, fuera de control.

Sánchez repitió atuendo, similar al del debate de diciembre. Dejó muestras evidentes de ir más necesitado de lograr un cambio de inercia en el desarrollo de la campaña; sus ataques a derecha e izquierda fueron constantes, con un exceso de reproches respecto a su fallida investidura. Resultó excesivamente inconcreto, especialmente en relación con los pactos poselectorales.

Rivera sí optó por un 'look' diferente, y fue sin duda el que mostró un mayor cambio de registro respecto de debates anteriores, conteniendo la excesiva comunicación no verbal de su cuerpo en los momentos en los que no hacia uso de la palabra y peleando nuevos posibles votos, tanto a derecha como a izquierda. Con referencias a la corrupción en sus ataques a Rajoy, acertadamente escenificados con el uso de cartulinas con gráficos o textos, como el de los famosos 'sms' enviados a Bárcenas. Hasta le aconsejó que reflexione y se eche a un lado para abrir una nueva etapa. Todo ello sin perder la vista de Pablo Iglesias, cuya alternativa calificó, reiteradamente, de populista.

Iglesias acudió en mangas de camisa y sin corbata, y volvió a demostrar un gran control del medio y de los debates en sí, optando por un tono tranquilo y amigable, que solo se permitió abandonar al repetir constantemente a Pedro Sánchez: “te equivocas de enemigo, el enemigo es Rajoy”. Su minuto de oro, de nuevo, fue el mejor de los cuatro candidatos, si bien esta vez le faltó la emoción que sí supo administrar con ocasión del 20-D.

El formato resultó excesivamente rígido; más que un debate pareció una sucesión de monólogos y más interesante que lo que se dijo fue la expresión gestual de los candidatos, pasando del apuro, al control; de la esperanza, al vértigo; y de la incertidumbre a la seguridad. Fue un solo debate, pero resultados hay, al menos, cuatro diferentes, tantos como equipos de asesores tienen quienes acudieron a él.

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