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"¿Quién da la vez?"

Colmado Murria.

Colmado Murria.

Una tarde cualquiera salí del trabajo, ajetreado como siempre, en busca del primer autobús que me liberara de una intensa jornada laboral y me trasladara al confort de mi casa. De repente me llamó la atención un modesto cartel que colgaba del toldo de un establecimiento, no por la sencilla tipografía de color rojizo, sino por el contenido, que rezaba “Colmado” y, en una letra más pequeña, “comestibles y salazones”.

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Sin darme cuenta estaba dentro, fascinado por el sinfín de productos que ofrecían, todos ordenados en estanterías, y del mostrador de madera barnizada que escondía su longevidad con suma elegancia. Hipnotizado por el olor del lugar, un olor característico que me transportaba a la tienda del señor Martí que tantas veces había frecuentado cuando era un niño, no me di cuenta de que una señora y su nieto esperaban pacientemente ser atendidos. De repente tintineó la campanilla de la puerta que indicaba que alguien entraba y desperté de mi letargo. ¿Quién da la vez? Y el niño, extrañado, preguntó a su abuela sobre la consigna.

Actualmente, estamos acostumbrados a comprar de manera casi instantánea, sin movernos de nuestras casas, a través de plataformas que, a menudo, ofrecen considerables descuentos que “no podemos rechazar”. Frecuentamos las grandes superficies alegando que encontramos todo lo que buscamos y en donde es habitual que “nos moleste” si alguien se dirige a nosotros preguntándonos si necesitamos algo. Pero ¿de verdad encontramos todo lo que buscamos?

Por fortuna, todavía existen comercios en los que se asesora al cliente a adquirir el mejor producto según sus necesidades. Establecimientos en donde hay un trato personal y se respira familiaridad, en los que todavía se dan los buenos días y se pregunta quién es el último cuando acabamos de entrar y no lo hace una máquina que nos asigna un número. Tras años abasteciendo a generaciones todavía existen, pero cada vez son menos, y deberíamos pensar en ello.

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