25 oct 2020

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Cuando cantar es la mejor terapia

Gemma Morales Puig

Leonor Bonilla, segundo premio del 55 Concurs Internacional de Cant Tenor Viñas.

Leonor Bonilla, segundo premio del 55 Concurs Internacional de Cant Tenor Viñas. / A BOFILL

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Si bien es muy común ir al gimnasio, hacer yoga o bailar para mantenernos en forma y sentirnos bien, no son muchos los que acuden a sesiones de canto con un fin similar. 

En cuestión de cantar, a lo sumo, lo hacemos bajo la ducha cuando nadie nos oye y punto. Nos conformamos con escuchar a los que poseen de forma innata el don y, escudándonos en los típicos prejuicios:  'Yo canto fatal' o <'me da vergüenza, desafino mucho' no practicamos una de las actividades más ancestrales y placenteras del ser humano.

Recuerdo que una vez, cuando tenía ocho o nueve años, mis padres me llevaron a cenar con unos amigos y sus hijos a una taberna asturiana. El ambiente era muy alegre y la gente entonaba espontáneamente el 'Asturias, patria querida'. Nosotros también nos unimos al grupo y yo disfruté mucho cantando durante varias horas, sintiéndome muy unida a todos los que allí estaban.

Otras vivencias similares de la infancia me han llevado, en la madurez, a buscar en el trabajo con la voz una herramienta más para mi bienestar.

Investigué en Internet y encontré unas clases de canto individual guiadas por un terapeuta especializado. Desde el primer día, noté los efectos: una gran apertura en el pecho y la vibración de mi voz recorriendo todo el cuerpo. Además, conecté con algo especial, una energía que me hizo sentir más alegre y contenta.

Tras ese primer contacto, he continuado mi trabajo: en los encuentros pronuncio las vocales en diferentes escalas sonoras. Para mi asombro, soy capaz de alcanzar notas muy elevadas, casi de soprano. Experimento euforia y, a la vez, relajación. No me importa si desafino o si todavía no domino ninguna canción. No tengo prisa. Solo disfruto de mi voz, acompañada al piano por las notas que toca el terapeuta.

Gracias a este valioso descubrimiento, quiero animar a quien lea estas líneas a no dejarse llevar por vanos prejuicios y, si así lo siente, que se lance a experimentar con los sonidos musicales que salen de su garganta. Sentirá más plenitud y felicidad en su vida, ya que no hace falta saber cantar para disfrutar de ello. Lo puedo garantizar.

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