27 may 2020

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"Consiguen criminalizar y despolitizar a cualquiera que se le ocurra cuestionar este tinglado político"

Enric Vivanco

Jóvenes estudiantes se manifiestan en Hong Kong, este lunes.

Jóvenes estudiantes se manifiestan en Hong Kong, este lunes. / LILIAN SUWANRUMPHA (AFP)

Los adjetivos que el poder utiliza a cada instante, los cuales los medios de comunicación vehiculan sin cuestionarlo, son uno de los problemas que añade plomo para poder volar. Todavía no es posible cuestionar todo este artefacto político que circula por Europa, y se acepta que se vive en un sistema político democrático, cuando no es cierto en ningún ámbito del propio sistema.

¿Es casual el fenómeno de los chalecos amarillos, lo que sucede en Hong Kong, y que en pocas horas de diferencia miles de personas salgan a la calle en el Principat y en Heuskal Herria, manifestándose en contra de unos juicios que a todas luces pone en evidencia que la democracia solo es para el que dispone de capital económico y alejadísimo para el que intenta tener capital cultural disidente? 

Una historiadora francesa, Vanessa Codaccioni, ha publicado recientemente un libro titulado Répression, el cual debería ser de lectura obligatoria para todo el mundo situado en cualquier esquina que piense que la situación actual es inasumible, y que es urgente desenmascarar la palabrería de la mayoría de los políticos y de las instituciones fraudulentas que mantenemos. 

El argumento es sencillo pero de una fuerza inapelable. Una república también puede ser un sistema coercitivo para la propia ciudadanía, no hay sistema que no se pueda cuestionar. La doctora demuestra el hilo conductor represivo de la República francesa, la cual bebe en las fuentes del régimen de Vichy, liberación, guerra de Argelia; de Gaulle, en 1963 crea la Corte de seguridad del Estado, para juzgar a los miembros de la OAS, como el Tribunal de Orden Público, creado en el mismo año, por otro general, y que con otro nombre continúa tan campante. 

En el país vecino, esta ley de excepción se utilizó para reprimir a los izquierdistas del 1968, y a los diferentes independentistas de la república, tan amante de los derechos humanos. Mitterrand, en 1981, la eliminó, pero la dicha duró poco; otro socialista, Hollande, promulgó el estado de excepción por todo el territorio con la excusa del comodín del terrorismo. 

El objetivo arropado por unas leyes que son a todas luces infumables, e inquisitoriales, consiguen criminalizar y despolitizar a cualquiera que se le ocurra cuestionar este tinglado político que estamos sufriendo, sea ecologista o estudiante de bachillerato, quien no está de acuerdo con el régimen de calificaciones que soporta durante su época de estudio, ya que mover un contenedor le puede acarrear años de presidio al equipararlo con el terrorismo. 

Bien, esta es la situación en la que se está transitando sin el menor problema.

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