08 jul 2020

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"Con la nueva normalidad los decibelios en la ciudad han ido en aumento"

Joan Fartdelart

La soprano Begoña Alberdi canta desde su balcón tras los aplausos al personal sanitario, el 16 de marzo, al inicio del confinamiento, en Barcelona.

La soprano Begoña Alberdi canta desde su balcón tras los aplausos al personal sanitario, el 16 de marzo, al inicio del confinamiento, en Barcelona. / ELISENDA PONS

En una ciudad atestada, el sonido de los pájaros en plena encerrona trajo al presente algo olvidado que había quedado ensordecido a oídos de los urbanitas; que el silencio, a veces, es un buen compañero. Nos facilita la concentración, nos ayuda a conciliar el sueño, nos permite percibira otros sonidos de baja intensidad que también abundan en las ciudades: la lluvia, el aleteo de las aves, el viento.

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Pero mi particular elogio del silencio en estos interminables meses se veía frustrado a diario en el momento en que algún virtuoso de la música o el cante decidía, con más o menos dicha para los vecinos, ofrecernos conciertos gratuitos des del balcón de casa entre las ocho, hora de los aplausos, y las doce de la noche, hora del trankimacín.

A pleno pulmón, estos cantantes anónimos se ensañaban con los que asistíamos, resignados, al espontáneo acontecimiento. La gente aplaudía, no sé si fruto del aburrimiento crónico o para poner punto y final al acto que a veces acababa con un bis. Hemos tenido de todo, del estudiante de conservatorio más avanzado a la soprano operística de ducha mañanera, según la suerte que se haya tenido.

Con la entrada en la nueva normalidad la ciudad ha ido aumentando decibelios y, como rezaba un titular, hemos pasado del canto de los pájaros al batiburrillo de las terrazas. Menos mal que nos han dejado volver a expresarnos a grito pelado delante de una cerveza, de lo contrario este país se hubiera vuelto ingobernable.

Para rematar la faena han vuelto a la calle los altavoces 'bluetooth' que acompañan, como banda sonora ambulante, a riders, runners y grupos enteros de entrenamiento que, a falta de un espacio libre de virus en sus gimnasios, deciden usar la vía pública para aturdirnos con sus arengas militares al son reggaetonero más prosaico y garrulo. De la misma manera que los guías turísticos han aprendido a usar audioguías, también existen para los monitores más entusiastas. La distancia sanitaria debería ser ya una realidad en todos los ámbitos.

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