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"El problema no es que Torrente exista, es que no parece imposible"

Barcelona 13/03/2026 Sociedad. . Estreno de la película Torrente Presidente en el cine Imperial de Sabadell. AUTOR: MANU MITRU

Barcelona 13/03/2026 Sociedad. . Estreno de la película Torrente Presidente en el cine Imperial de Sabadell. AUTOR: MANU MITRU / MANU MITRU / EPC

El otro día fui al cine a ver 'Torrente, presidente' y, por momentos, tuve la inquietante sensación de que José Luis Torrente ya no estaba en la pantalla, sino sentado en la sala. Durante años hemos tratado a Torrente como una exageración. Un personaje incómodo pero inofensivo porque pertenecía a la ficción. Nos reíamos de él desde cierta superioridad moral: "esto no somos nosotros".

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Pero 'Torrente, presidente' plantea algo más inquietante: que quizá sí lo somos, o al menos que nos resulta mucho más familiar de lo que nos gustaría admitir. La película es la fotografía de una cultura política donde el nivel de exigencia ha bajado peligrosamente. Donde el ruido sustituye al argumento, el cuñadismo al análisis y el amiguismo a la meritocracia.

No es solo corrupción. Es algo más cotidiano y, por eso, más preocupante: la normalización de la chapuza, del opinar sin saber y del decidir sin entender. En ese contexto, Torrente no necesita ser creíble. Lo es. Y quizá por eso la saga ha funcionado siempre tan bien. No es casualidad que haya sido una de las más taquilleras del cine español. No solo porque haga reír, sino porque conecta con algo reconocible, con una forma de hacer y de pensar que forma parte del imaginario colectivo.

Nos reímos de Torrente, pero a la vez lo entendemos perfectamente. Y ahí está la trampa. Porque cuando un personaje así deja de resultarnos completamente ajeno, la sátira deja de ser exageración y pasa a ser reflejo. El error es pensar que 'Torrente, presidente' señala a un partido concreto, porque no lo hace. Señala una deriva de la política: la de rebajar el listón hasta hacer posible que perfiles sin preparación, sin rigor y sin escrúpulos puedan ocupar espacios de poder.

Por eso incomoda. Porque el problema no es que Torrente exista. Es que no parece imposible. Y cuando eso ocurre, ya no estamos ante una comedia. Estamos ante un diagnóstico.

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