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"La celeridad de la sociedad no nos permite digerir el duelo como quisiéramos"

Una ceremonia en el tanatorio de Les Corts.

Una ceremonia en el tanatorio de Les Corts. / David Zorrakino /Europa Press

La pérdida necesita tiempo y espacio: para entender, digerir, llorar y acostumbrarse a la ausencia. Sin embargo, el duelo queda relegado a un segundo plano, convertido en un asunto que debe gestionarse en silencio, con discreción y, sobre todo, con eficiencia. El vacío se llena inmediatamente de trámites, firmas y gestiones; una burocracia que nos obliga a rehacernos a marchas forzadas y tomar decisiones con una rapidez que contradice todo lo que sentimos.

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La cultura de la inmediatez está presente, tanto en el ámbito administrativo como en el personal. Sentimos una presión asfixiante para recuperar la normalidad, resignándonos pensando que "tarde o temprano, esto tendrá que pasar". Comprimimos el duelo, lo aparcamos y tratamos de esconderlo para no incomodar. Ni siquiera la muerte es una excepción.

El duelo no entiende de plazos, pero parece que sus fases vienen dictadas por notarios, impuestos, funerarias y permisos laborales insuficientes. Es esta celeridad la que nos hace creer que sentir, llorar y detenernos es un lujo que no podemos permitirnos.

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