30 mar 2020

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Carta desde el campo de refugiados de Ritsona: Aferrados a la esperanza

Clara Calderó

Refugiados rescatados en aguas de Libia por la oenegé Proactiva.

Refugiados rescatados en aguas de Libia por la oenegé Proactiva. / PHOTOGRAPHIC SOCIAL VISION / RICARD GARCÍA

Lo siento. Lo veo. Estamos aquí, en el campo de refugiados de Ritsona (Grecia). Y sin embargo, qué más da. Y sí que da, porque te sonríen. Buscan tu mano, tu mirada, tu voz. Quieren que estés con ellos, aunque no puedas llegar a imaginar lo que sienten cuando se quedan en silencio, cuando se tapan la cara con las manos, cuando lloran, cuando posan la mirada en ninguna parte.

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Y sí que da, porque cuando estás allí con ellos dejan antes de llorar, de mirar a ninguna parte, y vuelven antes a su sonrisa, que sientes no merecer. El mundo no se merece la sonrisa de estos niños, pero ellos no dejan de darla. No tienen nada, y han perdido mucho. Algunos a su madre, su padre, sus hermanos. Todo su hogar. Buscan uno nuevo. Y no lo encuentran.

Se lo construyen ellos mismos de la nada. Lo he visto. Se reconstruyen. Pero el vacío de lo que han dejado atrás de vez en cuando resurge para llevarse lo poco que les queda, la esperanza de un futuro mejor. Mejor, porque en un campo de refugiados se sobrevive, pero no se vive. Ves vida por todas partes, en forma de sonrisas (que ninguno de los residentes me ha negado nunca. Absolutamente todas las personas a las que saludas te devuelven una sonrisa), y de amor.

Llevo 4 días en los campos de Ritsona e Inofyta y aún no he visto ningún refugiado. Veo hijos, hijas, padres, madres, hermanos, amigos, vecinos. Los refugiados son familias sin refugio. Familias rotas y fuertes. Rotas por las fronteras (padres, hermanos, en Alemania, en Siria, en ninguna parte…). Fuertes porque no es fácil mantener encendida esa luz, la de vivir, la de levantarse, la de jugar, la de cocinar, la de reír, la de hacer muebles, la de pensar, la de hablar.

No es fácil cuando no puedes ir hacia atrás, pero tampoco hacia delante. No es fácil cuando estás atrapado en un descampado con pocas sombras, pocos baños, sin agua corriente, sin electricidad, sin internet, sin aire acondicionado, no puedes escoger cómo comes, ni cómo vistes, ni la talla de tus zapatos; con mucho polvo, muchos grados (40º son muchos grados, pero el frío será aún peor), y mucha incertidumbre.

Acuérdate de ellos. Convéncete de que esta gente tiene derecho a vivir, a reconstruir su hogar, sus vidas, a sanar las heridas profundas que deja la guerra. Sé que si cada uno de los ciudadanos europeos estuviera en mi lugar, y recibiera lo que yo recibo cada día de estas personas (alegría, amor, hospitalidad, ejemplo), no existiría ninguna ‘’crisis de los refugiados’’.

Porque esta gente serían refugiados de verdad, se hubiesen puesto en marcha mecanismos para asegurar que llegan de forma segura a Europa, una cuota aseguraría una distribución justa y sostenible, y en vez de financiar a la policía turca para escurrir el bulto, se pondrían los recursos en la educación y los servicios necesarios para asegurar su adaptación.

A esta gente la mantiene viva la esperanza y la ilusión de llegar a un lugar donde trabajar, donde vivir bajo techo, donde recuperar la normalidad, donde sus hijos reciban educación, donde vivan seguros. No tienen otra cosa. No es mucho lo que piden. Es lo que pedimos todos. Solo se trata de ser tratados como personas.

Existe una petición en Change.org para que el Ministerio de Exteriores y de Cooperación tramite la petición de asilo de 22 personas refugiadas en el campo de Ritsona y que se hallan en situación de extrema vulnerabilidad. 

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