20 feb 2020

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Carta de una voluntaria en Ritsona: La esclavitud invisible de ser refugiado

Beatriz Caspar

Barcelona

Me siento desolada. Hace unos días recibí una llamada de Haron Alsaed, un chico sirio que conocí en un campo de refugiados en Grecia. Me dijo que después de cinco meses en el campo ha perdido la esperanza. Su deseo ahora mismo es volver a Siria, donde acabaron con la vida de sus amigos y familiares, y donde probablemente acaben con la suya.

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Haron ya no tiene futuro ni esperanza en Siria. Su restaurante fue bombardeado. Un día, mientras iba al trabajo con sus amigos, alguien comenzó a dispararles con un kalashnikov. Sus amigos murieron, pero él sobrevivió. Su madre, consciente del peligro que corría su hijo, le pidió que se fuese a Europa con su hermano pequeño. Y así lo hizo: Haron emprendió su viaje con Ali hará unos 5 meses. Una vez en Grecia fueron trasladados a Ritsona, un campo de refugiados al norte de Atenas. Viven en el bosque, en una tienda sin colchones. Se clavan las piedras del suelo cuando duermen. Muchos días no hay agua para ducharse y la comida que reciben es a duras penas comestible.

Aun así, cada día se levanta para hacer deporte y acude a las clases de inglés que una oenegé ofrece en el campo. A pesar de las condiciones indignas en las que vive, Haron trata de preservar su dignidad y lucha por su vida. En su mirada veo ganas de vivir y de construirse un futuro. Pero su corazón ya no aguanta la incertidumbre. Está muriendo lentamente, tal como él describe su estancia en el campo. Porque su corazón está condenado a una de las peores torturas: la incertidumbre existencial y la esclavitud invisible.

Haron me decía: "¿Esto es Europa, el continente que presume de ser el gran ejemplo mundial de los derechos humanos?". Sus palabras me dejaron pensativa. En Europa teóricamente somos personas civilizadas, con un sistema político que nos garantiza libertad, protección y seguridad. Sin embargo, siento la presencia de una decadencia ética. Rechazamos al extranjero y no tenemos en cuenta que ese extranjero podríamos ser nosotros el día de mañana. ¿Por qué parece tan difícil algo tan sencillo como ayudarnos los unos a los otros?

En el terreno de los derechos humanos no se toma en serio la dignidad humana. Por lo que he visto en Grecia, parece que ningún país quiere ayudar a alguien por el simple hecho de ser persona. No hay una protección real porque, si lo fuera, Europa no permitiría que todas esas personas que están huyendo de la guerra vivan bajo unas condiciones tan inhumanas.

Sé que esta carta no cambiará nada. Sé que Haron y todas aquellas personas que están en el campo de refugiados seguirán atrapadas sin camas, sin comida, sin sus familias y sin un techo donde guarecerse del frío y la lluvia. Los gobiernos seguirán sumergidos en el miedo y seguirán utilizando al extranjero y al refugiado como chivo expiatorio de problemas que su sociedad padece por otros motivos.

Mientras dejemos que venza el miedo, no habrá esperanza para ellos. Por eso pido a todas las personas, incluida yo misma, que vivamos con el corazón abierto y que no dejemos que el temor acabe con nuestra capacidad de amar y de acoger a todo aquel que ahora mismo ha tenido que dejar su país no por libre elección, sino por el terror y la violencia. ¿Acaso no es lo que desearíamos nosotros?

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