13 jul 2020

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Carta de un lector a Julio Anguita

David Guillén Martínez

Julio Anguita en una foto de archivo. 

Julio Anguita en una foto de archivo.  / EUROPA PRESS

Se ha ido un hombre admirable, apagándose con él un último rayo de dignidad política para muchos. Ha llegado el doloroso momento de despedirle, con la amargura añadida de saber que fuímos incapaces de heredar su honradez, su humildad y su sentido de la ética y la justicia.

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En ocasiones, noticias trágicas como esta nos devuelven esa intermitente pero tan insistente sensación de que quizás nada tenga sentido. Y es que basta con adentrarse levemente en la situación política a la que hoy nos toca asistir para preguntarse de qué sirve realmente que personas como Julio hayan luchado honestamente y predicado con el ejemplo toda su vida, si al final íbamos a seguir la senda en que ahora nos hallamos.

De modo que a ese huérfano que a todos se nos queda dentro cuando se va alguien querido, en casos como este se añade no haber sabido adoptar siquiera una fracción de los valores que con empeño trató de transmitirnos. A ese natural sentimiento de desamparo se une irremediablemente el del fracaso. Hemos fracasado. Y lo hemos hecho porque, lejos de esforzarnos al menos por imitar aquello que presumíamos reconocer en él como deseable, nos dedicamos simplemente a encumbrarlo, como el modelo a seguir que nadie sigue.

Llenamos de alabanzas huecas su ejemplo, impidiendo que al irse nos quedase un legado, más allá de su recuerdo, con el que honrar su memoria. Es pues la peor de las noticias, junto con la de su marcha, que ahora nos tocará hablar de él a las generaciones futuras como una figura inalcanzable, como la perfección que ni por asomo intentamos perseguir, como una suma de méritos y virtudes imposibles de exigir a los mortales. Hablaremos de él, en fin, como quien habla de un superhéroe, cuando en realidad lo que fue, o lo que debería haber sido, es una persona normal.

Esperemos que allá donde esté no nos tenga en cuenta la derrota que ello supone y algún día pueda observar que su camino no fue recorrido en vano. Siempre en deuda contigo, descansa en paz, maestro Julio.

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