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"Cuando un barrio ya no tiene infancia visible, algo se enfría"

MATARÓ 09/07/2025 Deportes. Niños jugando a futbol en la pista de futbol. Reportaje sobre Rocafonda con motivo de los 18 años de Lamine Yamal. FOTO de ZOWY VOETEN

MATARÓ 09/07/2025 Deportes. Niños jugando a futbol en la pista de futbol. Reportaje sobre Rocafonda con motivo de los 18 años de Lamine Yamal. FOTO de ZOWY VOETEN / Zowy Voeten / EPC

Cada vez veo menos niños jugando en la calle. Y cuando aparece alguno, un balón que rebota, una carrera torpe, algo en mí se afloja. No es nostalgia fácil: es una confianza breve, casi física, en la inocencia. Debe de ser difícil ser niño hoy. Crecer con pantallas que no descansan, con noticias que se cuelan antes de aprender a nombrarlas, con adultxs cansadxs y ciudades que parecen diseñadas para coches y no para juegos.

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La calle, que antes era un patio compartido, se ha ido volviendo un lugar de paso, vigilado, sospechoso. Y en esa pérdida hay tristeza: no solo por lo que se va, sino por lo que deja de formarse. La amistad espontánea, el cuerpo aprendiendo límites, el aburrimiento fértil que inventa mundos. No idealizo el pasado. Sé que siempre hubo miedo. Pero me inquieta que la respuesta haya sido encerrar la infancia.

Cuando un barrio ya no tiene infancia visible, algo se enfría: el espacio público se vuelve menos humano, menos comunitario, menos nuestro. Por eso, cuando escucho risas en la acera, no pienso “qué monos”. Pienso: ojalá no les robemos esto. Ojalá sigan teniendo calle, tiempo y permiso para jugar. En un mundo tan cruel, que existan niños jugando fuera es un recordatorio humilde de que todavía queda algo por cuidar.

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