"La aporofobia pasiva es un elefante invisible"

Un sintecho en una calle de Madrid.

Un sintecho en una calle de Madrid. / David Castro

Santiago Ortiz Lerín

Santiago Ortiz Lerín

En los últimos años se habla de la introducción de la aporofobia en el Código Penal como agravante delictivo. Es decir, si en una actuación antijurídica hay odio a las personas sin recursos, se pueda agravar la pena. En cualquier caso, la aporofobia, tanto si es un agravante como si finalmente se constituye algún día como delito independiente, solo se contempla de forma activa, pero no de forma pasiva. Esto significa que se considera aporofobia cuando se lleva a término una acción lesiva contra una persona en riesgo de exclusión, pero no cuando se laminan u omiten sus derechos por dejación o abandono.

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Así, mientras la aporofobia activa pretende recriminarse penalmente a cualquier persona, la aporofobia pasiva cabría recriminarse a las instituciones con competencias, y que están transferidas a las autonomías y a los ayuntamientos. La falta suficiente de financiación de los presupuestos autonómicos y municipales por políticas perentorias y la ausencia de diligencia para denunciar el abandono institucional a personas con derecho a estas políticas deberían contemplarse como aporofobia pasiva, y en casos más extremos, como las personas que mueren en exclusión severa sin haber sido atendidas suficientemente, cabría crear un tipo específico en el que no quede sin reproche penal una ejecución institucional de servicios sociales insuficiente.

La aporofobia pasiva es un elefante invisible. Se subvierten servicios sociales en políticas de beneficencia y las personas se convierten en usuarios en lugar de ciudadanos con derechos. La aporofobia pasiva a nivel institucional lamina el 'bienser' de las personas y las somete a un laberinto sin salida con tics clientelares.

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