"Adiós, techo de cristal, adiós"

Kamala Harris saluda a los asistentes a un mitin en Palm Beach, el pasado 31 de octubre.

Kamala Harris saluda a los asistentes a un mitin en Palm Beach, el pasado 31 de octubre. / MARCO BELLO (REUTERS)

Estefanía González Vierge

Cuando me enteré de que Joe Biden había ganado las elecciones de Estados Unidos sentí una profunda paz. No solo por los ciudadanos  estadounidenses, sino por todas esas personas que durante cuatro años han sufrido en sus carnes el odio, racismo, egoísmo, homofobia y toda la  repulsa de su propio presidente. Pero una de las cosas que más me emocionó fue saber que Kamala Harris  no solo sería la primera mujer en ser vicepresidenta de Estados  Unidos, sino que además sería la primera mujer de descendencia jamaicana e india que tendría ese cargo. Por fin, por fin una mujer ha  llegado a uno de los puestos más importantes del mundo, un puesto que durante 45 años solo ha sido ocupado por hombres.

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Kamala Harris ha roto uno a uno todos los techos de cristal que se ha  ido encontrando a lo largo de su vida, los mismos techos de cristal  que nos encontramos todas las mujeres diariamente. A mis 31 años, ver a una mujer con 56 años llegar a ese puesto tan poderoso me da alas, me hace sentir que nunca es tarde para conseguir un sueño, que no importa lo largo y tedioso que sea el camino, porque la recompensa siempre acaba llegando.

A partir de hoy dejaré de escuchar a esos hombres y mujeres que dicen que cuando llegas a cierta edad en los trabajos ya no te quieren, que ya no sirves porque eres demasiado mayor. A esos comentarios ya le tengo preparadas la respuesta: Joe Biden es presidente de Estados Unidos a los 77 años y Kamala Harris, vicepresidenta a los 56. No me vengáis con  tonterías, la edad es un número y eso no te puede ni te debe condicionar ni a ti ni a una empresa para contratarte.

Queridas mujeres, Kamala Harris solo es el primer ejemplo de muchos que vendrán, empecemos a romper esos techos de cristal y que las  generaciones que vengan detrás solo tengan que preocuparse de que ese  techo nunca más esté sobre sus cabezas.

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