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La culpa no era tuya

La Xunta debería dejar de creer que existe un 'outfit' para no ser violada, parar de responsabilizar a la mujer de los comportamientos machistas y empezar a invertir en reeducar las miradas enfermas

La culpa no era tuya
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Patrycia Centeno
Patrycia Centeno

Experta en comunicación no verbal.

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En el cartel se va a una chica de espaldas corriendo al atardecer, ataviada con unas mallas cortas y un top, y se lee "Vístete con mallas. Sal a correr por la noche. ¿Qué pasa ahora? No debería pasar, pero pasa”. Coincidiendo con el 25N, la Xunta de Galicia ha generado una gran polémica al sugerir que según la ropa que utilicemos o el momento del día en el que salgamos a hacer deporte estaremos más predispuestas a una violación. Básicamente, este campaña se antoja la versión moderna y deportiva de aquella frase que debían soportar las víctimas de agresión sexual hace unas décadas cuando el policía de turno, pero incluso familiares y amigos, le soltaban aquello de "de noche y en minifalda, ¿pero qué esperabas?". Esta fórmula de control del cuerpo y la estética femenina no es nueva, es tan antigua como el machismo estructural que nos acompaña desde hace cientos de años.

Entre el siglo XII y el XVII, las modas masculinas fueron tan o más eróticas que las femeninas. Sin embargo, a la única que se la acusaba también entonces de provocar con el vestido era a la fémina. Además de presentar el cuerpo femenino como pecaminoso, las religiones monoteístas se encargaron de institucionalizar la liberación de la culpa sexual en el hombre proyectándola en la mujer: "ella me tentó" (sea con una manzana, una sonrisa, un escote o un cuello vuelto). 

En 2018, el abogado de un acusado por violación en Irlanda utilizó el tanga de encaje que llevaba la adolescente de 17 años como justificación del crimen. Según este letrado, el hecho de que llevara ese tipo de prenda interior señalaba el consentimiento implícito de la mujer (desgraciadamente, el lumbreras no indicó qué braga previene de una violación). En 1999, el Tribunal Supremo de Italia dictaminó que abusar de una mujer que viste 'jeans' tampoco es violación, ya que para quitarse esa prenda se necesita la colaboración de quien la lleva. ¿Hola? ¿Hay neuronas ahí? Ningún estilismo evita una violación, ni siquiera un cinturón de castidad ha protegido de violaciones de sexo oral. 

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Es precisamente durante los procesamientos judiciales donde esta perversión, seguir culpabilizando al cuerpo de la mujer, es más hiriente. Tácitamente se le exige a la víctima adoptar una serie de absurdos clichés para ser reconocida como tal (debes estar triste pero no llorar, no ir maquillada, no usar ropa llamativa ni escotada…). Fruto de esta culpa a las que las someten, muchas víctimas de un ataque o agresión machista suelen romper con parte o la totalidad de su imagen identitaria anterior por temor a volver a incitar una situación parecida. Se trata de invisibilizarnos y que nuestro cuerpo femenino pase desapercibido (uso exagerado de capas de ropa para alejar la atracción, renuncia a accesorios, colores, maquillaje o tintes de pelo llamativos) o rompa con su estilo anterior (fruto del trauma, intentamos alejarnos de la imagen que nos representaba). A veces la renuncia o castigo que nos imponemos puede parecer menor (dejar de sonreír tanto porque en la oficina hemos tenido un malentendido con un compañero que confundía amabilidad con una insinuación), pero en víctimas de agresión sexual puede llegar a ser tremendamente brutal. En 'Hambre, memorias de mi cuerpo', Roxane Gay confesaba cómo una violación en grupo a los 12 años la sumió en una espiral de autoodio, vergüenza y culpa que derivó en la superobesidad mórbida que padece: “Sabía que no sería capaz de soportar otra violación como aquella, de modo que comí porque pensé que, si mi cuerpo se volvía repulsivo, podría mantener alejados a los hombres, sería más despreciable, y ya conocía demasiado bien su desprecio”. El proceso, por tanto, que además la mujer debe superar para pasar de víctima a superviviente es en cierto modo también estético pues se trata de una reconciliación con su propio cuerpo y con todo aquello que le agradaba de su anterior libertad indumentaria, inconscientemente autocensurada.

En definitiva, la Xunta debería dejar de creer que existe un 'outfit' para no ser violada, parar de responsabilizar a la mujer de los comportamientos machistas y empezar a invertir en reeducar las miradas enfermas. Empezando, a la vista está, por la suya.

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