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¿Por qué muchos brasileños no apoyan a su selección en este Mundial?

La derrota de Bolsonaro ante Lula da Silva terminó por vaciar el gusto por vestir la camiseta verde y amarilla, al menos para gran parte de la población brasileñ

Un joven fan de Brasil posa en el mercado de Souq Waqif, en Doha.

Un joven fan de Brasil posa en el mercado de Souq Waqif, en Doha. / CHANDAN KHANNA / AFP

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Sylvia Colombo
Sylvia Colombo

Corresponsal de 'Folha de S.Paulo' en Buenos Aires y colaboradora del 'Washington Post' en español.

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La selección brasileña perdió su mística. Durante muchos años vivimos en un país que creíamos que era el "país del fútbol", y que tenía la mejor selección del planeta, cualquiera que fuera el torneo que disputara. Crecimos escuchando de nuestros mayores que Brasil era prácticamente el único país en el mundo en el que se sabía jugar al fútbol, "muy detrás", señalaban con las manos, "pero muy detrás, vendrían quizás Argentina, Italia, Uruguay… y no muchos más".

Hoy en día, las cosas ya no son más así. Y tengo la sensación de que esta historia ya empezaba a mostrar sus fallas allá en 1950, cuando, en el famoso 'Maracanazo', Uruguay venció a una selección brasileña que simplemente no podía concebir una derrota y la recibió en silencio y sin la capacidad de reaccionar. Periódicos, revistas, emisoras y todo el país habían despertado aquel día con la certeza de una victoria aplastante. El espanto fue enorme.

De aquella época en blanco y negro (la TV en color solo vendría para el Mundial de 1970), en la que hay más historia oral que variedad de imágenes registradas que puedan dar cuenta de lo que nos dicen que fue la magnitud del dolor que se llevó al país, recopilamos relatos de conocidos, diseminados en las familias. El del amigo de mi padre, sobre quien dijo “nunca lo vi llorar hasta ese día”; de mi abuela contando de las lágrimas sinceras y dolidas sobre el semblante de mi tímido abuelo, o de los relatos de los noticieros que contaban cómo la gente que tuvo que abrir sus tiendas en los días siguientes lo hacía llorando.

Mucho ha pasado desde entonces, lo más evidente es que la tesis de los ancianos hinchas brasileños se mostraba equivocada. Al final, si no lo sabían de principio, empezaron a aprender, y mucho, a jugar con la pelota países como Chile, Bélgica, Francia, la entonces URSS, España, Alemania. Bueno, Alemania…

Y eso solo pasó porque desde su principio la idea de la "mística" del fútbol brasilero estaba equivocada. Bastaba aprender el juego. A los que no se rendían a esa teoría, otra ducha fría vendría en 1982. En este año, sí, era imposible no decir que Brasil era el dueño del 'jogo bonito', la expresión amada por los locutores y comentaristas. Uno podía hasta dudar si no estaban tocados por dioses jugadores como Zico, Sócrates, Falcão, Junior o Eder. Pero tres goles en el alma brasilera marcados por Paolo Rossi tumbaron de nuevo nuestra idea de que éramos especiales. 

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Al final, ¿de qué sirve ser el mejor, el que juega más lindo, visual y tácticamente, si eso tampoco nos garantizaba la victoria? La eliminación de Brasil en 1982 dañó lo que quedaba de la mística del fútbol brasileño, se lloraba más por una injusticia de vida que por una derrota deportiva. Si somos los mejores, ¿por qué nos hacen sufrir tanto a cada rato? Allí, televisado y ya en color, se pudo ver a jugadores y hinchas llorando, agarrados a compañeros, niños escondidos bajo las faldas de sus madres, chicas con el maquillaje verde y amarillo tiñendo sus caras.

Sin embargo, ni en 1950 ni en 1982, habíamos visto, todavía, los graves insultos a jugadores, entrenadores y 'cartolas' (los presidentes de clubes y asociaciones), ni 'cancelaciones' de nadie, como veríamos en un futuro nada lejano.

La desintegración total de la mística brasileña terminó por desmoronarse aquella tarde de 2014 en el estadio del Mineirão, en Belo Horizonte, donde vivimos el mayor bochorno de la historia de nuestro fútbol. La sensación de que cada vez que el balón aterrizaba en los pies de un jugador alemán sería gol (y en gran parte de los casos lo fue), provocó una especie de corto-circuito en nuestra identidad nacional. De repente, fue como que nos dejamos de preocuparnos. Ah, uno más, me voy a tomar una cerveza, vuelvo en dos goles, y el chiste se confirmaba así de fácil. 

La burla a ese grupo de jugadores, entrenadores, 'cartolas' y hasta de la presidente de la República fue cruel. Desde los memes a las maldiciones, todo fue comentado y señalado, ¿habría que ser tan individualistas? ¿Habría que pasar tanto tiempo en la peluquería o inventándose nuevos tatuajes? ¿No entrenaron? Todo fue motivo de críticas mordaces y juicios finales sobre aquellos protagonistas. Una condena permeada, obviamente, por la revelación de las fortunas que cada uno amasó en sus clubes europeos, y la acusación de que no habian 'metido la pierna' en la selección para no lastimarse y, con eso, perder sus valiosos contratos en clubs gigantescos de Europa. 

Todo eso en 2014, en un Brasil ya polarizado, en crisis, que en los años siguientes iba a asistir a manifestaciones, la destitución de un presidente y la elección del más impresentable de todos nuestros líderes.

De 2014 a 2022 se valoró mucho más la idea de que la pasión incondicional por el fútbol se resumiera en la relación que cada uno tenía con sus clubes de infancia, de sus ciudades, de su corazón. En la selección lo que había, en general, eran mercenarios, que ni siquiera vivían en suelo brasileño y que, además de la vergüenza dentro del campo, nos avergonzaban evadiendo impuestos millonarios en otros países.La derrota de Bolsonaro ante Luis Inácio Lula da Silva terminó por vaciar el gusto por vestir la camiseta verde y amarilla, al menos para gran parte de la población brasileña. Y esto lamentablemente tiene que ver más con la política que con el fútbol.

Al fin y al cabo, la camiseta de la selección, así como las vuvuzelas y las banderas verde y amarilla que hemos estado viendo en las calles en las últimas semanas, fueron nada menos que cooptadas.

De un símbolo nacional para todos los brasileños, ahora el uniforme se ha convertido en la ropa de combate de los seguidores de Bolsonaro. Usan verde y amarillo desde los más moderados hasta los más enloquecidos. Precisamente los que, hasta el día de hoy, están frente a cuarteles militares pidiendo una intervención de las Fuerzas Armadas para cambiar inconstitucionalmente el resultado de las recientes elecciones.

Si se trataran apenas de manifestaciones pacíficas, lamentaríamos por nuestros compatriotas, pero otro escalón es que vayan, encima vestidos en verde y amarillo, a cortar rutas en varias vías del país, comprometiendo el abastecimiento en varias ciudades, los negocios de los grandes y medianos productores, además de exponernos a un ridículo internacional casi único.

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Estos ciudadanos, que se autodenominan "patriotas" y que permanecen en las calles más de dos semanas después de las elecciones, son el núcleo duro de los votantes bolsonaristas, los que quieren la invasión de las cortes superiores, la persecución de la oposición, además de la resto de los delirantes, no creen en las vacunas, el calentamiento global o incluso que la tierra es redonda.

Que la mística del país cinco veces campeón del mundo se vea manchada por esas manifestaciones delirantes es una enorme pena. Los demás brasileros, que también son aficionados al fútbol, esperan que nuestra selección gane; es evidente, pero también más empatía, solidaridad y sentimiento de inclusión, verdaderos valores de los deportes, hoy tan apartados por la polarización que vive el país. Si sale campeón Brasil, que todos puedan celebrar y no solamente unos, por otros intereses conectados a una posible victoria.