La contraportada Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Cómo comportarse en... una visita al museo

De cómo entrar en una sala y fijarse sobre todo en los vigilantes, los guardianes de los secretos más ocultos de la contemplación espiritual

El MNAC inaugura la exposición ’La luz es color’ del  pintor William Turner

El MNAC inaugura la exposición ’La luz es color’ del pintor William Turner / JORDI COTRINA

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Josep Maria Fonalleras
Josep Maria Fonalleras

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¿Vamos al museo porque toca, porque quedaríamos como unos vulgares traficantes de fotografías, unos miserables fabricantes de recuerdos, si no volviéramos con la mirada rebosante de aquel Vermeer que sale en todas las guías? ¿O somos de esos que montamos todo el viaje con la idea de palpar (es un decir: no con los dedos, sino con el deleite del placer estético; vaya: esto suena un poco cursi, ¿no?) ese trozo de pared de color amarillo que solo hemos visto en reproducciones, donde el amarillo siempre es un color diferente al amarillo original? El hecho es que, cuando viajamos, sea por el motivo que sea, vamos a museos, que son parada obligatoria tanto para satisfacer el deseo de elevación artística como para comprar lápices o postales en la tienda. Sin embargo, es importante que, en cualquier circunstancia, nos marquemos un tiempo máximo de la visita. No hace falta ser como aquellos tres personajes de Godard, en 'Bande à part', que recorren el Louvre como posesos, pero tampoco se trata de alargar demasiado la estancia, porque está comprobado que el más elevado de los espíritus poéticos entra en un bucle de insatisfacción y saturación después de dos horas de paseo intenso por pasillos y salas. Un buen sistema para no morir en el intento (o para no caer en el síndrome de Stendhal y tener que ser atendido en la enfermería) es fijarse solo en los cuadros o estatuas que tienen la señal que los identifica como objetivo prioritario en las guías auditivas. O bien ir directo a las piezas donde se avisa que está prohibido hacer fotos. Nunca falla. También es recomendable, si vas en un grupo y si los miembros de ese grupo creen que eres un entendido, tener a mano tres o cuatro lugares comunes de la historia del arte que te deben servir para salir ileso de cualquier pregunta. Y, de vez en cuando, huir de la multitud que observa aquella pieza ineludible y estarte un buen rato ante una miniatura holandesa a la que nadie presta atención y decir, con una seguridad imperturbable: “Esta es la joya oculta del museo”.

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La actividad a la que deberíamos dedicar más atención, sin embargo, no es ni la contemplación activa ni el vagabundeo desinformado, ni la obsesión de fijarse en la Gioconda. Deberíamos ir a los museos a observar a los vigilantes de sala. Hace un año, Sophie Köhler lo hizo en una exposición en la Fundació Vila Casas. Se llamaba '8 horas con Tàpies' y se concentraba en los gestos, las historias y la singularidad de los anónimos guardianes de la belleza (eso también suena un poco cursi). Este julio, en el MNAC, en el marco del Festival Grec, hemos podido ver 'Gardien party', un espectáculo donde auténticos vigilantes (del MOMA, del Ermitage o del Moderna Museet) explicaban, desde la oscuridad de quien nunca es visto sino como un elemento impersonal, casi como el higrómetro que mide la humedad, las anécdotas de los visitantes, las facecias de los turistas, la duda ante aquel individuo que mira con demasiada atención una obra, sin saber si es un esteta o un terrorista. Nunca les prestamos atención, pero están ahí y ellos sí que nos observan y nos analizan. En un momento del espectáculo, una chica decía: "Es mejor ser contemplativo para sobrevivir en un museo". Es decir, entender el trabajo (y quizás la visita) como un ejercicio de meditación, una experiencia espiritual. Fíjense en los vigilantes. Quizá tengan, en la pose distante, el secreto de todo.

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