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Hasta que lo bello se haga costumbre

Hay quien, asustado por la diferencia, mira pero no sabe apreciar la libertad que trae la riqueza y pluralidad indumentaria y prefiere la pobreza visual a la que nos arrastra la uniformidad (propia del autoritarismo). Con todo, practicar el activismo estético no es nada fácil y en nuestro país también brilla por su ausencia.

Francia Marquez, llega a la investidura presidencial de Gustavo Petro.

Francia Marquez, llega a la investidura presidencial de Gustavo Petro. / EFE / Mauricio Dueñas Castañeda (Efe)

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Patrycia Centeno
Patrycia Centeno

Experta en comunicación no verbal.

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Ceremonia de entrega de los Oscar de 1973. Entre actores enfundados en esmoquin y pajarita y actrices con pomposos vestidos de gala occidental, aparece sobre el escenario una joven de 26 años con un bello atavío tradicional apache. "Mi nombre es Sacheen Littlefeather. Soy apache y presido el Comité Nacional Nativo Americano para una Imagen Afirmativa. Represento a Marlon Brando y me ha pedido que les diga que rechaza este generoso premio por el trato que reciben los nativos americanos en la industria del cine…”, explica entre aplausos y abucheos. Es la primera reivindicación política y social de estos galardones y la joven actriz tiene que abandonar el escenario escoltada porque el machito de John Wayne, héroe de las películas del Oeste, amenaza con abalanzarse sobre ella "porque los indios son unos egoístas que quieren quedarse con América para ellos solos...". Al día siguiente, la prensa utiliza su atavío (el hecho de adornarse distinta) para cebarse con Littlefeather y conseguir que la rechacen para cualquier trabajo futuro (mientras, Brandon no sufrió ningún tipo de represalia). Esta semana, ‘solo’ medio siglo después, la Academia emitía al fin un comunicado pidiendo disculpas por "el irreparable daño emocional y profesional" que aquel discurso (verbal y estilístico) le supuso a la hoy activista indígena.

El activismo estético (descolonizar los cuerpos y mostrar que la identidad siempre es elegante) no es nuevo. Quizá uno de los casos con mayor repercusión fue el de Gabriel García Márquez recogiendo el Premio Nobel de Literatura con un precioso liquiliqui de lino blanco, traje de gala caribeño. Gabo convencería después a Fidel Castro para que dejara de dar tanta guerra con el verde oliva y, de vez en cuando, se enorgulleciera de la guayabera (prenda que acabó convirtiéndose en 2010 en el uniforme diplomático cubano). Igual que promueve la lengua maorí, la primera ministra de Nueva Zelanda siempre viste un Kākahu (tradicional capa de lino y plumas) en sus grandes ocasiones. Jacinda Ardern no teme reivindicar la prenda en su toma de posesión, una cena de gala en Buckingham Palace con la reina Isabel o un discurso en Harvard. Y más recientemente, comprobamos cómo la ceremonia de investidura de Gustavo Petro se convirtió en una demostración de cómo la ropa, lejos de presentarse como siempre se hace como la enemiga de las luchas y causas sociales, puede ser la perfecta aliada de los movimientos progresistas.

"Durante muchos años nos han hecho sentir avergonzados de nuestras raíces y de lo que somos. Por eso ayer, lejos de optar por un vestido de corte inglés, opté por un traje étnico diseñado por la joven diseñadora Nia Murillo, chocoana y nieta de pescadores", escribía el presidente de la Cámara de Representantes de Colombia, David Racero, en su cuenta de Twitter. Si la senadora María José Pizarro, encargada de imponerle la banda presidencial al nuevo presidente colombiano, lo hacía con un abrigo rojo con el rostro de su padre en la espalda (líder del M-19 asesinado en 1990 cuando se presentó como candidato a las elecciones como partido, tras haber dejado las armas); una de las hijas de Petro, activista ecofeminista, vistió de color lavanda, con un top bordado por los indígenas de Kamentsa y en cada manga de la chaqueta se leía "justicia social" y "justicia climática"... Para su emotivo juramento ("hasta que la dignidad se haga costumbre"), Francia Márquez eligió un vestido realizado con telas estampadas en tonos azules y naranjas traídas de Nigeria y con volantes y bajos en blanco (color que evoca transparencia e inocencia y que muchas mujeres líderes escogen en fechas señaladas para oponerse al poder oculto del traje negro masculino). Desde hace un tiempo, la primera vicepresidenta negra de Colombia recurre a los diseños de Esteban Sinisterra Paz, un joven estudiante de 23 años que promueve la estética afrocolombiana. Como siempre, Márquez apostó por sus característicos pendientes dorados que dibujan el mapa de su país. 

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Practicar el activismo estético en grupo, en conjunto como en Colombia, parece que refuerza la aparición (acción). Porque para la investidura de Gabriel Boric, su responsable de protocolo fue víctima de numerosas burlas por lucir un traje de celebración rapanui, etnia a la que pertenece. Hay quien, asustado por la diferencia, mira pero no sabe apreciar la libertad que trae la riqueza y pluralidad indumentaria y prefiere la pobreza visual a la que nos arrastra la uniformidad (propia del autoritarismo). Con todo, practicar el activismo estético no es nada fácil y en nuestro país también brilla por su ausencia. Víctimas ignorantes del atuendo que se les impuso hace poco más de dos siglos; la mayoría considera carnavalesco y ridículo que otro no tome un disfraz ajeno como propio (así como uno se resistiría con el idioma, música, gastronomía, cultura, bandera, himno…). Hace un par de meses en un diario nacional un periodista volvió a criticar el uso de las elegantísimas ‘espardenyes de set vetes’ en el Parlament de Catalunya por parte de un diputado. Supongo que se le olvidó que es el calzado de gala de los Mossos d’Esquadra (y entiendo que no tiene ni pajolera idea de que las revistas de moda internacionales se vuelven locas con ellas por su sencilla sofisticación y belleza). 

Ahí andamos algunos: tratando de que la dignidad identitaria (lo bello) se haga costumbre.

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