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El terrorismo, un monstruo hecho con sangre de inocentes | + Historia

Este miércoles se cumplen cinco años de los atentados de Barcelona y Cambrils. Unos hechos indescriptiblemente dolorosos y que, por desgracia, se suman a la larga lista del terrorismo sufrido en Catalunya desde el siglo XIX.

’Le Petit Journal’, de París, informó del atentado del Liceu en primera página (Wikimedia).

’Le Petit Journal’, de París, informó del atentado del Liceu en primera página (Wikimedia).

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Todos recordamos dónde estábamos el 17 de agosto de 2017, cuando tuvimos noticia del ataque en la Rambla de Barcelona. Aquel atentado, junto con el que se produjo al día siguiente en Cambrils, provocaron una profunda conmoción social y todavía es imposible encontrar las palabras para acompañar a los heridos y a los familiares de los fallecidos porque, por más tiempo que pase, tendrán que convivir con el terrible dolor que provoca la ausencia de los seres queridos. Ojalá nunca nadie tuviera que sufrir una tragedia como aquella pero, desgraciadamente, la historia no nos permite ser optimistas.

La idea de provocar daños y eliminar a supuestos enemigos fuera del contexto de una guerra, o sea de causar terror, ha estado presente a lo largo del tiempo. Por ejemplo, ya en el siglo I d. C., cuando los romanos incorporaron a Judea a su imperio, un grupo de judíos radicales se dedicó a asesinar oficiales del ejército invasor. De forma similar actuaron durante la Edad Media los musulmanes chiítas, tanto contra los suníes como contra los cruzados cristianos, que pretendían conquistar aquellas tierras para expulsar a los seguidores de Alá.

Incluso en Londres, en el siglo XVII, se estuvo a punto de hacer saltar por los aires el Parlamento, aprovechando una sesión plenaria donde estaban todos los representantes y el rey Jaime II. El objetivo era dar un golpe brutal que permitiera reinstaurar la fe católica en Inglaterra. El episodio de aquel atentado fallido ha pasado a la historia como la 'Conspiración de la pólvora' y todavía es recordado hoy en día.

Ahora bien, lo que nosotros entendemos por terrorismo empezó en la segunda mitad del siglo XIX. Con la industrialización y la eclosión del capitalismo aparecieron pensadores que quisieron cambiar el sistema, como Proudhon, Marx o Bakunin. Sus seguidores intentaron promocionar sus ideas políticas a través de acciones propagandísticas como la distribución de panfletos, la convocatoria de mítines y huelgas... pero no siempre tenían el éxito deseado y eso generaba cierta frustración.

Fue el alemán Karl Heinzen quien, en 1853, hizo la primera defensa pública del uso de la violencia para conseguir cambios políticos y sociales. Una idea que empezó a cuajar poco a poco. Fue en ese contexto en el que, en 1881, un grupo anarquista asesinó al zar Alejandro II. El magnicidio fue conocido en todo el mundo y enseguida le salieron imitadores.

Los anarquistas querían subvertir el orden establecido y atacaban a los representantes de los opresores, por eso sus objetivos eran políticos y militares. Aquello les garantizaba cierta recepción positiva entre los colectivos más radicalizados, pero también provocaba una espiral infinita de acción-reacción de enfrentamiento con los estamentos de los estados. En Catalunya, por ejemplo, se vivieron algunos episodios dramáticos. En septiembre de 1893, el anarquista Paulí Pallàs lanzó dos bombas contra el desfile militar dispuesto en la Gran Via de Barcelona y organizado por el general Martínez Campos, que solo resultó herido levemente. No tuvo tanta suerte el guardia civil Jaume Tous, que falleció.

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Pallàs había realizado aquella acción como respuesta a la represión sufrida por los campesinos anarquistas de Jerez de la Frontera, algunos de los cuales habían sido ejecutados. Él también tuvo el mismo destino y la espiral de violencia siguió. Para vengar a Pallàs, en noviembre de 1893 Santiago Salvador realizó una acción similar en el Gran Teatre del Liceu, provocando la muerte de 20 personas, entre ellas dos chicas de 14 y 16 años. Aquel terrorista también fue detenido y sentenciado a muerte en 1894, junto a otros anarquistas que nada tenían que ver con los hechos. Y el terror siguió: dos años más tarde, en 1896, se atentó contra la procesión de Corpus Christi, donde perdieron la vida otras 12 personas.

Y así podríamos ir siguiendo el rastro de sangre y dolor de gente que ahora no sabemos quiénes eran, pero que vivieron con el mismo sufrimiento que las víctimas de tantos otros atentados de grupos que, bajo cualquier tipo de ideal, han escogido la violencia para obtener a saber qué, pues lo único que acaban consiguiendo es la repulsa de la sociedad que desea vivir en paz y libertad.


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Cabe recordar que no todo el anarquismo es violento y remarcar que no ha sido la única ideología que ha utilizado las armas. Durante el siglo XX proliferaron grupos de todo tipo: algunos ligados a minorías nacionales oprimidas, otros a movimientos revolucionarios radicales. Y, a partir de 1970, surgieron quienes utilizaron la religión como excusa para sus actos criminales.

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