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Gràcia, origen de una historia propia | + Historia

En muchas localidades mañana comienza la fiesta mayor, pero la que recibe mayor atención es la de la 'vila de Gràcia'. Actualmente un barrio de Barcelona, pero si lo preguntan a sus vecinos les dirán que es mucho más, que tiene una historia propia.

Merienda infantil en las fiestas de Gràcia de 1935 (Pérez de Rozas, AFB)

Merienda infantil en las fiestas de Gràcia de 1935 (Pérez de Rozas, AFB)

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Este lunes, que es la Virgen de Agosto, es el día mundial de las fiestas mayores en Catalunya, porque en casi todas las localidades se organiza alguna celebración. Esto es así porque, durante muchos siglos, la devoción mariana se popularizó tanto que, en muchos lugares, se designó a una Virgen como patrona.

Ahora bien, de todas las fiestas habidas y por haber estos días, la que tiene más cobertura mediática y atrae a más gente es la de la Vila de Gràcia, uno de los distritos barceloneses con una identidad propia más arraigada y defendida por sus vecinos con uñas y dientes. Y eso que la Vila surgió de la nada y, como quien dice, por casualidad.

Todo empezó cuando, en 1626, la orden de los carmelitas descalzos adquirió la llamada Torre Guinardó, para establecer un convento destinado a los monjes novicios. Por eso, enseguida se conoció como los Josepets, haciendo referencia a la juventud de los miembros de la comunidad. Sin embargo, el nombre oficial era el de Mare de Déu de Gràcia i Sant Josep, a petición de Josep Dalmau.

Dalmau había sido miembro del Consell de Cent de Barcelona y juez de la Real Audiencia, pero parece que por divergencias con el virrey se acabó retirando de la política para ir a residir a la torre que tenía en la Vila de Sarrià, aunque en realidad era propiedad de su esposa, Lucrècia Balcells, descendiente de una familia rica. El hombre quería hacer donación de la casa a la orden de los carmelitas para que instalaran allí el centro para novicios, pero ella se opuso siempre a esa idea. Ahora bien, cuando Balcells murió en 1625 a Dalmau le faltó tiempo para entregar el inmueble a los religiosos que, en vez de quedárselo, prefirieron venderlo y adquirir un espacio más adecuado a su propósito. Fue entonces cuando se decantaron por los actuales Josepets. Junto al convento, en 1687 se levantó una iglesia (la actual parroquia) que acabaría dando nombre a toda la Vila.

Si aquellos monjes pudieran ver cómo ha cambiado toda aquella zona desde entonces se pondrían las manos en la cabeza, porque un espacio que en el siglo XVII estaba prácticamente vacío ahora es uno de los puntos más conflictivos para la circulación de Barcelona y es que los Josepets presiden la plaza de Lesseps (que, aunque nuestros lectores no la hayan visitado nunca, seguro que les resultará familiar por las informaciones del tráfico).

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El establecimiento de los carmelitas actuó como dinamizador económico de ese punto, situado junto al camino real que conectaba Barcelona (entonces cerrada por las murallas) con Sant Cugat. Su trazado sirvió de columna vertebral para la urbanización de la vía principal de la Vila, o sea la calle Gran de Gràcia, que enlaza con el paseo de Gràcia.

En un principio, el crecimiento de la Vila fue lento. Era un lugar escogido por las familias acomodadas del Cap i Casal para tener una torre donde pasar temporadas y huir del aire viciado de la ciudad, oprimida por los muros. A partir del siglo XIX, con el proceso de industrialización, se inició una intensa transformación. Al ser un lugar con muchos terrenos disponibles, se instalaron fábricas que no tenían cabida en Barcelona. Y, en torno a esas industrias, como es lógico, proliferaron pequeñas casas y bloques de viviendas para los trabajadores que, poco a poco, fueron llenando la Vila. De hecho, todavía ahora en muchos lugares del núcleo más antiguo de Gràcia se pueden reconocer vestigios de aquellos modestos inmuebles, que luchan por resistir a la voraz 'gentrificación' moderna.

Inicialmente, todo aquel territorio pertenecía a Sant Gervasi pero, al crecer tanto, en 1850 logró la independencia. Sin embargo, en 1897 la Vila fue anexionada por Barcelona en su proceso de expansión. Ese mismo año también quedaron incorporadas a la ciudad otras localidades de los alrededores: Sant Andreu de Palomar, Sant Gervasi de Cassoles, Sant Martí de Provençals, Sants y Les Corts.

Pese a la absorción administrativa, las vecinas y vecinos de Gràcia no renunciaron a su vinculación con la Vila, un sentimiento que se ha transmitido de generación en generación, como podrá comprobar quien vaya ahí de fiesta mayor estos días.


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