Obituario Obituario Informa la muerte de un individuo, proporcionando un relato imparcial de la vida, controversias y logros de la persona.

Jordi Mancebo: el doctor que pintaba constelaciones azules

Siempre era un placer conversar con él, entre pinturas y pinceles, de pensamientos abstractos, luz, color y forma

El doctor Jordi Mancebo, en el estudio de pintura El Gimnàs de les Arts.

El doctor Jordi Mancebo, en el estudio de pintura El Gimnàs de les Arts. / Daniel Berdala

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Daniel Berdala
Daniel Berdala

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Negro oscuro, gris, la imagen se va aclarando hasta tener luz. Abro los ojos y me despierto de la sedación, estoy entubado y sin saber qué me ha pasado. Recuerdo a un señor con canas que parecía ir al grano y pensé “¡este aquí manda!”. Era el doctor Jordi Mancebo, y yo era uno de los enfermos de la primera ola de covid-19 que en marzo de 2020 salió gracias al equipo de médicos de la UCI de Sant Pau y a su responsable, el amigo Jordi Mancebo. Me recuperé, y pude volver a mi estudio de pintura, a hacer lo que mejor sé hacer: pintar, a partir de la experiencia de aquello que había vivido.

Unos meses más tarde, mi pareja, la periodista Núria Ferré, entrevistó al doctor Mancebo en Betevé y casi se echan a llorar en directo cuando Núria le explicó que él me había salvado la vida. Lo invité una tarde a mi estudio, donde Núria y yo lo esperábamos, para brindar por la vida. Era un hombre muy discreto, con la mirada muy viva, siempre escuchando lo que le decías. Vino una segunda vez, yo le hablaba de pintura, él me observaba y me daba su opinión, siempre muy prudente. Me explicó que venía de una familia humilde, que tenían un taller y que el olor del aguarrás que utilizo para pintar le era próximo y familiar, le transportaba en su niñez. Él iba en metro pero como éramos vecinos acabé llevándolo en moto, y subirse creo que le hacía una gracia tremenda. Me explicaba que su equipo estaba muy cansado, que necesitaban un descanso. Le puse una bata, pero no de médico, sino de pintor, y colores y pinceles delante, y una tela. Aquel día subió a la moto llevándose una pintura que recuerdo con unos aires 'mironianos', con unas constelaciones azules, que era las que tenía dentro de su cabeza. Siempre era un placer conversar con él, entre pinturas y pinceles, de pensamientos abstractos, luz, color y forma.

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Los encuentros en El Gimnàs de les Arts, mi estudio, eran como encuentros furtivos, donde la conversación fluía y eran muy interesantes. A veces se incorporaban otras amistades, y la tertulia se ampliaba. Todo siempre resultaba fácil y agradable.

Hace unos meses me encontré a Jordi por el barrio y lo invité a comer pero me explicó -me lo dijo con una sonrisa- que venía del notario. Le habían detectado un cáncer y lo quería dejar todo atado. Seguimos encontrándonos, aprovechando todo el tiempo de las conversaciones, pues de repente ya no teníamos más crédito, sabíamos que nuestros encuentros se acabarían bien pronto. La última visita la hice yo, a su casa, donde había colgado en el pasillo unas pinturas de una serie de equilibristas que me había comprado, en la que hablo precisamente de lo bestia que es la vida cuando te hace avanzar por la cuerda floja.

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Nos fuimos enviando mensajes, de ánimos y amistad, hasta el pasado martes, cuando desde Cerdeña donde estaba de vacaciones con la familia le envié imágenes de paisajes de la isla, con la promesa de un brindis bien pronto. Él me contestó con unos emoticonos divertidos y alegres, y estas fueron las últimas noticias que tuve de Jordi hasta que supe que nos había dejado.

Soy afortunado de haberlo conocido y disfrutado de su energía, me gusta saber que mi estudio ha sido este último año su lugar de refugio. Todavía lo veo llegando y dejando su mochila, en cualquier lugar. Se sentía como en casa y esto ha sido un inmenso placer. Pienso que él siempre iba unos pasos por delante de todo el mundo, y ahora también. Te echaremos de menos, Jordi. Un fuerte abrazo, amigo.

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