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La Cloaca Maxima | + Historia

Los casos de corrupción, las escuchas ilegales y personajes como el comisario Villarejo están enseñando las costuras de la España de la Transición. Y ahora, quien más quien menos, sabe que existen “las cloacas del Estado”.

La Cloaca Maxima (Wikipedia).

La Cloaca Maxima (Wikipedia).

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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En los últimos años estamos asistiendo a la lenta degradación de la España que quiso construirse tras la muerte de Franco. El relato idílico surgido de la Transición escondía un submundo que ahora empieza a flotar, al igual que lo hace la porquería cuando se atascan las tuberías. A estas alturas no habrá nadie que no haya oído la expresión “las cloacas del Estado”. Estas las dejaremos a Ernesto Ekaizer y a nuestros compañeros de la sección de política, porque hoy queremos romper una lanza en favor de las cloacas de verdad, las que ayudan a tener unas ciudades donde poder vivir de forma cómoda, higiénica y agradable.

La más famosa de todas las que han existido a lo largo de la historia es la romana Cloaca Maxima, que en latín literalmente significa “la cloaca más grande”. Su construcción fue un prodigio de la ingeniería que, después de tantos y tantos años, todavía fascina a los investigadores. Nuestros clichés mentales, construidos a base de leer a Astérix y ver 'peplums', nos hacen imaginar que la ciudad eterna siempre fue la mayor urbe de la antigüedad. Pero eso solo es una pequeña parte de su larguísima historia. Inicialmente era un modesto asentamiento humano cerca del río Tíber, que fue creciendo paulatinamente. Así, antes de ser Imperio fue República, y antes de República fue Monarquía. Aunque las primeras dinastías se remontan al siglo VIII aC, nosotros nos interesamos por los últimos coronados: Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Lucio Tarquinio. Estos tres pusieron los cimientos de la Roma clásica que ahora conocemos.

Como en tiempos de Prisco las cosas iban bien, la población aumentaba. Solo había un pequeño problema: no había espacio para expandirse, porque las periódicas crecidas del Tíber convertían las orillas en zonas pantanosas imposibles de habitar. Ante este problema, la única opción fue empezar a drenar los terrenos y canalizar el agua para ensanchar la ciudad en el área donde se acabaría levantando el foro. Aunque Servio Tulio continuó la tarea, quien tuvo un papel más destacado fue el último monarca, Lucio Tarquinio. Que haya pasado a la posteridad con el apodo de El Soberbio ya da alguna pista de cómo fue recordado por sus súbditos. Los predecesores en el trono habían llevado a cabo obras remarcables pero él las superó con creces al realizar una obra pública como nunca antes se había visto en la península itálica. Es cierto que comparado con otras civilizaciones, como el Egipto de los faraones, construir un canal de bloques por los que hacer pasar el agua era poco, pero para los romanos fue una proeza.

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Cabe decir que la ejecución del proyecto era un reto muy duro, porque suponía trabajar en zonas húmedas, a merced de los insectos y enfermedades infecciosas. El arqueólogo John Hopkins, autor de una tesis doctoral sobre los orígenes de la Cloaca Maxima, explica que algunos obreros llegaron a suicidarse cuando sabían que les enviaban allí. De hecho, para evitar revueltas, el Soberbio ordenó penas de crucifixión para todos aquellos que se negaran a obedecer su llamamiento al trabajo.

Tanto los arqueólogos como los estudiosos de la historia de la ingeniería se preguntan por qué el rey quiso hacer una obra tan colosal, cuando hubiera podido optar por soluciones más sencillas y menos costosas. Creen que la razón de fondo que empujó al Soberbio a llevar a cabo ese proyecto era la voluntad de demostrar que su poder era tan grande que, incluso, tenía los medios para dominar las crecidas del Tíber. A esto había que sumarle el hecho de que pensaba en la ciudad más allá de su reinado. Sabía que Roma le sobreviviría y esa canalización favorecería su crecimiento por terrenos donde hasta entonces no se había podido edificar. Además, claro, que todo el mundo recordaría quien lo había hecho posible, y así Lucio Tarquinio el Soberbio se garantizaría pasar a la posteridad. Y aquí estamos, 2.500 años después hablando de ello en un diario del siglo XXI. Lo que no sabemos es si sucederá lo mismo con los arquitectos de nuestras actuales y metafóricas “cloacas del Estado”. Se admiten apuestas.


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