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Las catedrales del vino | + Historia

La nueva bodega del Grup Peralada no es el primer producto de la alianza entre el mundo del vino y la arquiterctura más avanzada del momento. Ahora hace precisamente 100 años se vivía el máximo esplendor de lo que se conoce como las catedrales del vino.

La bodega modernista (catedral del vino) de Pinell de Brai, en la Terra Alta.

La bodega modernista (catedral del vino) de Pinell de Brai, en la Terra Alta.

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

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La inauguración de una bodega para producir vino no parece una noticia demasiado destacable, pero si se tienen en cuenta las características del proyecto es fácil darse cuenta de su trascendencia. Después de 20 años, el Grup Peralada por fin ha podido presentar en sociedad las nuevas instalaciones creadas por el prestigioso despacho RCR. Una obra de 18.200 metros cuadrados que, en palabras del arquitecto Rafael Aranda, es silenciosa, atemporal y, sobre todo, respetuosa con el entorno. Sus propietarios tenían claro que querían construir un espacio que fuera algo más que un edificio funcional. Querían que se convirtiera en un verdadero legado para las tierras ampurdanesas. No es la primera vez que en Catalunya el mundo del vino y la arquitectura más avanzada del momento se dan la mano. Ahora hace precisamente 100 años se vivía el máximo esplendor de lo que se conoce como las catedrales del vino. Un episodio excepcional que vale la pena conocer y reivindicar.

Todo empezó a finales del siglo XIX, cuando Catalunya sufrió una fuerte crisis en el sector por culpa de la llegada de la filoxera. De entrada, aquel voraz insecto había empezado diezmando la producción vinícola francesa, y en consecuencia, durante un cierto período de tiempo los viñedos catalanes no tuvieron competencia. La alegría duró poco, porque a ese maldito animalillo le faltó tiempo para saltar los Pirineos y arrasarlo todo. Entonces, atrapados por las deudas, los grandes propietarios empezaron a recortar gastos y a prescindir de mano de obra. A su vez, los pequeños campesinos tuvieron que buscar nuevas formas de organizarse para hacer frente a la grave situación. Así fue como nació el fenómeno del cooperativismo. En 1894 se fundó la pionera Societat Agrícola de Barberà de la Conca y a partir de ahí, poco a poco, surgieron entidades similares en todas partes. Uno de los que más creyó en este sistema organizativo económico fue Josep Maria Rendé, de l'Espluga de Francolí. Mediante charlas y publicaciones se dedicó a contar las bondades del cooperativismo.

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Esto ocurría cuando se vivía un momento político extraordinario. En 1914, las cuatro diputaciones provinciales consiguieron arrancar el permiso de Madrid para poder trabajar conjuntamente. Así nació la Mancomunitat de Catalunya. Su acción, pese a la limitación de sus competencias por parte del Gobierno central, fue extraordinaria en campos como la sanidad, la cultura, las infraestructuras y la agricultura. En este ámbito nombraron a Rendé como jefe de Acción Social Agraria y su misión fue impulsar el cooperativismo.

Aquellas nuevas entidades requerían unas buenas instalaciones y por eso Rendé pidió la colaboración del arquitecto Cèsar Martinell, discípulo de Gaudí. De la mesa de su estudio salieron unas bodegas modernistas que harían época y que, por su majestuosidad, el escritor Àngel Guimerà bautizó como las catedrales del vino.

La grandeza del trabajo de Martinell, y de otros arquitectos como Pere Domènech Roure y Claudi Duran, fue tener la habilidad de diseñar unos edificios funcionales y económicos (recordemos que el sector estaba en crisis) pero sin renunciar a la belleza estética. Los principales elementos constructivos fueron la piedra, la madera, la cerámica y, sobre todo, el ladrillo. Aquellas humildes piezas de arcilla cocida se convirtieron en preciosos elementos decorativos. Por el contrario, se descartó el hierro forjado porque era demasiado caro.

La estructura de las bodegas se articulaba siguiendo la lógica del proceso de la elaboración del vino, desde que llegaba la uva nada más terminada la vendimia. Las tinas se situaron en las naves principales, que al ser más altas, permitían contenedores de más litros y realizar una producción más eficiente; y los lagares de fermentación se enterraron para mantener una temperatura constante durante el proceso.

En cada localidad de la Conca de Barberà, del Alt Camp, de la Terra Alta... las nuevas bodegas se convirtieron en edificios emblemáticos. Un símbolo que perdura por su valor arquitectónico y por su uso social y económico. Por eso, un siglo más tarde, siguen despertando la admiración de todos.


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Cèsar Martinell era un arquitecto nacido en Valls en 1888 que desarrolló parte de su vida profesional en Barcelona. Los expertos destacan que tuvo la habilidad de hacer de puente entre estilos urbanos y cosmopolitas como el modernismo y el ‘noucentisme’ con el mundo agrícola gracias a las casi cuarenta bodegas creadas durante los años de la Mancomunitat.

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