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"Preocúpate si tu hijo adolescente quiere pasar más tiempo contigo que con sus amigos"

David Bueno, científico especialista en neuroeducación, publica 'El cerebro del adolescente', un ensayo donde explica cómo funciona la cabeza de los jóvenes para poder entenderles y acompañarles mejor

David Bueno, científico especialista en neuroeducación

David Bueno, científico especialista en neuroeducación / Grijalbo

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Olga Pereda
Olga Pereda

Periodista

Especialista en educación y crianza.

Escribe desde Madrid

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Doctor en Biología, profesor e investigador de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo en la Universitat de Barcelona y especialista en neuroeducación, David Bueno (Barcelona, 1964) acaba de publicar ‘El cerebro del adolescente’ (Grijalbo), un ameno y revelador ensayo científico que te hace descubrir cómo funciona la cabeza de los chavales para poder acompañarles mejor. Y, sobre todo, entenderles.

La adolescencia es una etapa fundamental que no se puede tomar a la ligera. ¿Cuál es la principal recomendación que hace a madres y padres?

Que no se lo tomen a la ligera, pero tampoco muy a pecho. Son unos años cruciales en los que construyen su personalidad adulta. Hay amenazas, como sustancias tóxicas, adicciones y comportamientos de riesgo físico o mental. Deben estar cerca de sus hijos e hijas, pero sin echárseles encima. No le insistas para que te cuente toda su vida porque la forma que tiene el cerebro de construir la individualidad es, precisamente, siendo individual.

Se encierran en sí mismos y te echan de su habitación.

Para ellos es una intromisión en su intimidad y la están construyendo. Cuando eso sucede, o tienen un comportamiento inadecuado, hay que reconducirlo, pero no los lo tomemos como algo personal. Es una actitud propia de la adolescencia. Lo critican todo, lo cuestionan todo y rompen límites. No es un ataque personal contra los padres. Hay que relativizarlo.

¿Cómo?

No en el mismo instante. Cuando sucede algo así es porque su nivel de estrés está por las nubes. Si nosotros respondemos lo único que hacemos es agravar la situación. El estrés dificulta el razonamiento. Es mejor callar y no decir nada. Como quien no quiere la cosa, después les haremos reflexionar sobre esas maneras de actuar.

Asegura que una educación demasiado estricta en la infancia provoca más inseguridad y rebeldía en la adolescencia. Y explica esto hablando del cerebro: de la amígdala (donde se generan las emociones) y la corteza prefrontal (donde se genera la gestión de las emociones y el pensamiento reflexivo).

La infancia sienta las bases del resto de nuestra vida, es cuando el cerebro es más plástico. Una educación excesivamente liberal en la que todo está permitido no deja que el cerebro se construya y madure bien. Por eso son tan importantes los límites. Pero sin autoritarismo. No confundamos esto con autoridad, que es algo que debemos tener progenitores y docentes. Cuando la autoridad la malentendemos por autoritarismo no permite a los niños y las niñas reflexionar sobre aquello que les decimos. Se quedan con la sensación de que toca hacerlo porque sí. La adolescencia es la etapa en la que cuestionan todo para encontrar su sitio en la sociedad, así que si no ha habido una reflexión previa la oposición es frontal: rebeldía y pérdida de confianza. Hacemos que nuestros hijos confíen en ellos mismos cuando nosotros confiamos en ellos. Esa autoconfianza es clave para reconducir la rebeldía del adolescente. 

La vida social para ellos es vital. Les genera oxitocina en su cerebro. No debemos preocuparnos, pues, cuando quieran estar más con sus amigos que con nosotros.

Lo que nos debería preocupar es que prefieran estar con nosotros antes que con sus amigos. Tienen que dejar atrás su infancia para construir la base de su sociedad de adultos, y esta la construyen con sus iguales, no con nosotros. No estamos al mismo nivel. El cerebro adolescente produce oxitocina, que es una neurohormona que sirve para muchas cosas. Es, por ejemplo, la que induce el parto y hace que las madres después de sufrir no rechacen a sus hijos. En los adolescentes es la hormona que hace que se sientan a gusto con sus compañeros. Son más felices estando con su cuadrilla en lugar de sus progenitores. Los adolescentes tienen las emociones a flor de piel: tristeza, alegría, rabia, miedo… ¿Cómo convives con personas que son tan inestables? Gracias a la oxitocina, que permite que se sientan a gusto.

"En la adolescencia las conexiones neuronales se rehacen completamente y ellos lo externalizan en su propia vida y en su habitación"

Describe la desordenada habitación de los adolescentes y la compara con sus neuronas.

Mientas el caos tenga cierto control y no sea tóxico, es normal. Su cuarto es su intimidad y es reflejo de su cerebro. En la adolescencia las conexiones neuronales se rehacen completamente y ellos lo externalizan en su propia vida y en su dormitorio. Si nos ponemos muy duros lo que conseguiremos es que se enfrenten más a nosotros. Ser excesivamente tolerantes con el caos tampoco les va a beneficiar. No entres cuando ellos no están para arreglar su habitación porque estás invadiendo su intimidad. Espera a que esté de buen humor y dile que le ayudas a recoger. Ten mano izquierda.

Afirma que la esencia de la educación paternofilial es estimular, dar ejemplo y apoyar.

No hay que sobreproteger ni invadir, pero hay que acompañarles emocionalmente, que es lo que más se descontrola durante la adolescencia. La amígdala, la zona del cerebro que genera las emociones, se vuelve muy reactiva y reacciona con más intensidad. La corteza prefrontal, que es la que permite reflexionar y gestionar las emociones, se recablea tanto que pierde eficiencia de funcionamiento. Cuando nos necesitan tenemos que estar cerca. Estimular es también fundamental. Los altibajos emocionales puede llevarles a la desmotivación, la puerta hacia el fracaso escolar y personal. Estimular es generar ambientes donde ellos encuentran sus propias motivaciones y puedan expresar su forma de ser. La adolescencia tiene un final.

Pero deja claro en su libro que no tiene edad determinada.

Es que no la hay. La adolescencia termina cuando el cerebro ha madurado lo suficiente, sobre los 18 o 20 años. O 17. 

¿17?

Según como sea el entorno, sí. Si se facilita la reflexión y el apoyo emocional, a esa edad la parte dura de la adolescencia ya toca su fin. La adolescencia termina cuando su entorno de adultos les reconoce como iguales en derechos y deberes. Y aquí fallamos los padres.

Pide que comprendamos que los adolescentes se acuestan más tarde y se levantan más tarde porque su cerebro así se lo demanda. 

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Su ritmo biológico interno se retrasa un par de horas. Si les obligamos a ir a la cama antes no van a poder descansar bien. Y el problema también está por la mañana, cuando entran en el instituto a las 8.00, una hora en la que su cerebro está todavía en 'stand by'. Si les exigimos mucho lo único que conseguiremos es que se estresen.

¿Son más inmaduros los jóvenes de ahora? No, pero hay cambios. Debemos asumir que son adultos jóvenes con menos experiencia. Nuestra adolescencia fue igual que la suya. No la percibimos igual porque por la propia manera que tiene el cerebro de funcionar la reinterpretamos en función de nuestro presente como adultos. Olvidamos las tonterías que todos hicimos en mayor o menor medida.

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