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El olvido que lleva al abismo I + Historia

Este jueves es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, porque el 27 de enero de 1945 el campo de Auschwitz-Birkenau fue liberado. Un episodio que poco a poco se diluye en el tiempo.

Prisioneros en el campo de concentración de Auschwitz el día después de su liberación el 28 de enero de 1945 en Oswiecim

Prisioneros en el campo de concentración de Auschwitz el día después de su liberación el 28 de enero de 1945 en Oswiecim / AFP/Yad Vashem

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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A medida que pasan los años, el recuerdo de los grandes hechos históricos se diluye en el tiempo, hasta el punto de que al avanzar las décadas y los siglos, acaban reducidos a unas cuantas frases de un libro de historia. Con suerte, quizás merecerán un párrafo o, los más notables, un capítulo. Se puede comprobar fácilmente con el simple ejercicio de buscar información de eventos que fueron vitales en su momento y de los que ahora apenas sabemos explicar nada. ¿Qué podríamos decir de la Guerra de las Galias de Julio César, o de la Guerra de los Cien Años, por ejemplo? Al igual que en todos los conflictos de todas las épocas, allí sufrieron y murieron muchos seres humanos de los que no sabemos nada. Ni sus nombres.

Esto también ocurrirá con nuestra historia contemporánea. Lo que vivieron nuestros abuelos y bisabuelos se esfumará. Hechos terribles serán minimizados o banalizados porque ya no tenemos su testimonio para contárnoslo. Es lo que está a punto de pasar con el exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial, un mecanismo preciso para eliminar a aquellos que el III Reich consideraba infrahumanos: judíos, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová... y simplemente cualquier persona que, según Hitler, no merecía vivir. Entre ellos, mujeres, hombres, niños y viejos de origen español que terminaron etiquetados como 'apátridas', porque la dictadura de Franco se desentendió de ellos. Los dejó abandonados a su suerte, que no era otra que la muerte anónima, ignominiosa y deshumanizada de los campos de concentración y exterminio.

Sólo unos pocos sobrevivieron y una vez libres se conjuraron para evitar que lo sufrido no cayera en el olvido. Cada uno lo hizo como supo. Algunos lo convirtieron en novela, como Joaquim Amat Piniella, que escribió 'K.L. Reich'. Estaba convencido de que la ficción era la única alternativa para que la gente entendiera lo ocurrido. Él pensaba que nadie le hubiera creído, en caso de haber redactado unas memorias al uso. Y es que cuando uno lee los pasajes escritos por cualquiera de los supervivientes (Neus Català, Francisco Batiste y tantos otros) debe detenerse de vez en cuando para asimilar esas vivencias.

Aparte de escribirlo, muchos también lo han contado de viva voz, hasta la extenuación. Su mayor preocupación ha sido compartirlo con las generaciones más jóvenes. Pero el tiempo pasa y lo biológico es inevitable. Poco a poco, los supervivientes han ido muriendo. Su voz se apaga. Las chicas y chicos que ahora hacen ESO y Bachillerato ya no podrán conocer a aquellos que pasaron años entre alambres, haciendo trabajos forzados y viendo cómo las cámaras de gas devoraban a millones de personas. Por suerte, ahora tenemos sus testimonios grabados en vídeo y cuando los escuchas siguen dejando huella.

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Pero el tiempo pasa... y la Segunda Guerra Mundial y el nazismo parecen más cosas de la ficción audiovisual que de hechos históricos que marcaron la vida de las generaciones que nos han precedido. Un nuevo peligro está al acecho: la banalización a través del olvido. Como no lo hemos vivido y nadie de los que lo sufrieron puede explicarlo de viva voz mirándonos a los ojos, no le prestamos atención y no le damos importancia. Este es el primer paso para que una atrocidad de aquellas dimensiones se pueda volver a repetir. No es de extrañar que ahora, cuando hace casi 80 años del final del nazismo, la extrema derecha se pasee sin vergüenza por toda Europa. Aquellos que podrían advertirnos del peligro ya no están. Sin su voz y con esa obsesión egocéntrica con la que el presente rige nuestras vidas, quedamos a merced de los discursos que más hábilmente ocupan la esfera pública.

Cuando un prisionero era internado en un campo nazi, pasaba a ser un número, que se le tatuaba en la piel. Perdía así la parte más básica de la identidad: el nombre. Nombres de mujeres, hombres, ancianos y criaturas como nosotros. Exactamente como nosotros. Nacidos en los mismos pueblos y ciudades y que hablaban la misma lengua. Los que no terminaron en una fosa común o un horno crematorio y aguantaron hasta la liberación se esforzaron para que esos nombres no fueran olvidados.

Ahora que ellos también desaparecen, debemos tomar el relevo y recordarles también a ellos. Si los olvidamos volveremos al borde del abismo.


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