El Radar

La yenka del coronavirus

En Entre Todos de EL PERIÓDICO captamos a diario la conversación pública de la ciudadanía. Este ha sido un año de la marmota, por debajo de las expectativas, que ha avanzado a base de olas de la covid y del crecimiento de los argumentos irracionales

Una mujer se vacuna contra el covid en Fira de Barcelona.

Una mujer se vacuna contra el covid en Fira de Barcelona. / Àngel García

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Joan Cañete Bayle
Joan Cañete Bayle

Subdirector de EL PERIÓDICO.

Especialista en Internacional, Transformación Digital, Política, Sociedad, Información Local, Análisis de Audiencias

Escribe desde España, Estados Unidos, Israel, Palestina, Oriente Medio

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¿Qué tal el 2021? Citemos a Michael Corleone en una antológica escena de la tercera entrega de 'El Padrino': «Justo cuando creo estar fuera, me vuelven a meter dentro». Así se puede explicar este año: justo cuando creíamos que rozábamos con los dedos el regreso a la normalidad, el coronavirus nos ha devuelto a una conversación pública en la que se habla de contagios, confinamientos, UCIs y saturación sanitaria. Ha sucedido de esta forma en cada una de las olas que hemos ido acumulando. El 2021 nació con la expectativa de que el proceso de vacunación que empezó a finales del 2020 serviría para cerrar el libro del coronavirus. La realidad ha sido mucho más cruda que las expectativas creadas, a menudo demasiado optimistas.

Echar un vistazo a la evolución de las cartas publicadas en Entre Todos durante este año es constatar que nos hemos pasado el año bailando la yenka del coronavirus. Es un lugar común hablar de fatiga pandémica; en realidad, lo que cunde en la conversación pública va mucho más allá del cansancio. Es frustración, es irritación, es cabreo. Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un dos tres, se han ido acumulando las olas para acabar en el mismo sitio, siempre al son de la Rt y del riesgo de rebrote. Así, en contra de los buenos deseos y de los propósitos de año nuevo, 2021 no va a dejar un poso de buenos recuerdos. Su traca final, a lomos de ómicron, ha llevado el cabreo pandémico a niveles nunca vistos hasta ahora. Si no conoces a nadie con coronavirus es que no tienes amigos, dice un chascarrillo que se viraliza por los whatsapp. Es cierto: la percepción social de que el covid está por todas partes es mayor incluso que la que hubo durante el primer confinamiento. En los últimos días del llamado a ser el año de la recuperación la yenka se han convertido en la versión pandémica del 'Danzad, danzad, malditos'. 

Expansión y cifras

El pésimo estado de ánimo está justificado por el paso de lo meses y la velocidad a a que se expande la última variante del virus, pero no tanto por las cifras (las anteriores olas, con menos contagios, fueron más letales y colapsaron antes los servicios sanitarios) ni por la comparación respecto a cómo estábamos hace un año. Hay, sobre todo, una diferencia capital: hace un año justo empezaba el proceso de vacunación; hoy, gracias a unos niveles de vacunación encomiables, ha habido 20 veces menos muertes por covid que si no hubiésemos tenido el inyectable. Solo este dato debería llevarnos a mirar el 2021 con otros ojos, y rebautizarlo como el año de la vacunación.

Si no es así no es solo por la fatiga acumulada, sino por esa brecha que siempre se abre entre la realidad y las expectativas. La pandemia, sobre todo en su primera fase, creó una ingente cantidad de literatura pandémica sobre los cambios de tendencias sociales que el virus nos iba a traer. La realidad es que poco o nada de eso se ha visto en el 2021: ni la generalización del teletrabajo y de unas nuevas relaciones laborales; ni el diseño de unas ciudades más humanas, a medida de las personas; ni el convencimiento de que la emergencia climática debe ser la primera en la lista de las prioridades; tampoco una mayor conciencia de la importancia del sistema público de salud; ni un reconocimiento social de la importancia de la ciencia en nuestras vidas; ni más solidaridad intergeneracional; ni un sistema educativo más ágil y dotado de recursos, a caballo entre el aula tradicional y la virtual; ni una responsabilidad mayor de nuestros representantes políticos, conscientes de la necesidad de trabajar con unidad ante la magnitud de los desafíos… 

Al contrario: el argumento más poderoso que ha incorporado la pandemia a nuestra conversación es la extensión e, incluso, la legitimidad de la irracionalidad, corporizada en los no vacunados y en quienes se oponen a las medidas contra el virus. No se trata de cuatro frikis conspiranoicos: son suficientes como para que los gobiernos legislen por toda Europa (el pasaporte covid) y como para que se ganen elecciones (Isabel Díaz Ayuso) enarbolando la bandera de la libertad. A contagiarse, al parecer. Decisiones como volver a imponer como obligatoria la mascarilla en los exteriores no ayudan a contener el asalto a la razón que se planea, promueve y ejecuta desde las redes sociales, sin duda uno de los rasgos más preocupantes de estos tiempos.

Nuestros jóvenes

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Más allá de la yenka del coronavirus, 2021 ha sido el año en que hemos hablado de nuestros jóvenes como si fueran extraños, extraviados y violentos (los disturbios por el encarcelamiento de Pablo Hásel o los botellones pandémicos) y en que los indultos a los líderes del ‘procés’ en Catalunya solo incendiaron a los que ya salen rociados de gasolina cada mañana de casa. Catalunya, como tema de conversación, ha adoptado otras formas más allá de la independencia (la última, la inmersión lingüística), pero no es tema dominante. Sí lo es el presente y el futuro de la ciudad de Barcelona, que duele a muchos más ciudadanos que los que firman los manifiestos del Cercle de Economia o montan plataformas que se dicen imparables. La pugna por el espacio público de Barcelona, con todas sus ramificaciones, es uno de los temas grandes de nuestros días, del que se habla mucho y con apasionamiento y que va mucho más allá de la figura de su alcaldesa.

Y como un cauce subterráneo, por debajo de los grandes temas de conversación de cada momento, existen esos otros que siempre están ahí, que despuntan de vez en cuando si la actualidad les pone el foco y que son los que mejor reflejan el pulso cotidiano de la ciudadanía. Son esas cartas que nos escriben los lectores hablándonos de la salud mental, del acceso a la vivienda, de la imposibilidad de que los nietos se independicen, del horror ante la violencia y los abusos machistas, de la incertidumbre de los autónomos, del vacío de los parados mayores de 50 años, de la soledad en la era de la interconectividad. Ese cauce no es una yenka; es la melodía de nuestros tiempos.