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Cerco al desperdicio alimentario

A un mes de la Navidad, empieza el quebradero de cabeza de los menús familiares. Mesas a rebosar de comida, mucha de la cual acabará en la basura. Los hogares españoles tiraron en 2020 más de 1.300 millones de kilos de alimentos sin consumir, 31 kilos per cápita. El Gobierno se propone, mediante una ley, acabar con el desperdicio alimentario. Con la comida no se juega. Varios expertos abordan el problema desde diferentes perspectivas.

Cerco al desperdicio alimentario
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El Consejo de Ministros aprobó a mediados de octubre en primera lectura el proyecto de ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, normativa concebida para producir una drástica reducción del desecho de alimentos sin consumir que acaba en la basura y fomentar un mejor aprovechamiento de los mismos. La ley pretende establecer un modelo de buenas prácticas para evitar el desperdicio de alimentos con actuaciones en toda la cadena alimentaria, desde el origen en el propio proceso de cosecha, hasta los hábitos de consumo en los hogares y en la restauración.

¿Es eficaz legislar contra la pérdida de alimentos?

Nuria de Pedraza. Directora de comunicación de AECOC y del proyecto ‘La alimentación no tiene desperdicio’

Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, los hogares españoles desperdician 26,2 millones de kilos de comida a la semana, un dato que invita a reflexionar sobre la necesidad y urgencia de frenar un problema que afecta a todos los eslabones de la cadena de valor agroalimentaria, desde que el producto se produce o fabrica hasta que llega al consumidor. A lo largo de ese viaje, los productos son sometidos a múltiples procesos: se manipulan, se envasan, se transportan, se comercializan… e, inevitablemente, en ocasiones se registran pequeñas ineficiencias o imponderables cuyo impacto a gran escala es mayor del que todos desearíamos.

 ¿Cómo conseguir que el 100% de los productos que se ponen a la venta a diario sean adquiridos?, ¿que ningún envase se deteriore durante el transporte?, ¿que las inclemencias meteorológicas no dañen una cosecha? o ¿que el consumidor aproveche todos los alimentos que compra? 


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Ante esta realidad, el Gobierno trabaja en una ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario para tratar de reducir un problema de claro impacto económico, social y medioambiental. 

El texto convertirá a nuestro país en el tercero de Europa en tener una ley de ámbito nacional para reducir el desperdicio de alimentos, solo por detrás de Francia e Italia. Es la primera propuesta legislativa de ámbito estatal porque Catalunya cuenta ya con una ley autonómica, actualmente en fase de desarrollo reglamentario.

Ambas propuestas legislativas, y esto es muy positivo, parten de la base de que el desperdicio se produce en todos los eslabones de la cadena y que, por tanto, hay que impulsar medidas correctoras en cada uno de ellos y también ambas coinciden en el papel que la colaboración público-privada presenta a la hora de atajar este problema.  

Es fundamental que el marco regulatorio esté armonizado para no caer en un maremágnum normativo

Si la legislación ayuda a evitar que toneladas de alimentos, y con ellas el trabajo de agricultores, ganaderos, fabricantes, transportistas, distribuidores…, acaben en el cubo de la basura bienvenida sea. Ahora bien, es fundamental que el marco regulatorio esté armonizado porque lo peor que podría pasarnos es que, en el intento de frenar un problema global, nos perdamos en un maremágnum normativo, cargado de sobrecostes, con reglas distintas en Europa, España y las autonomías

Ya en 2012, cuando ni la conciencia social sobre el desperdicio ni la actividad legislativa eran la que existe hoy en día, el gran consumo se embarcó de forma voluntaria en el proyecto 'La alimentación no tiene desperdicio'. Esta iniciativa, coordinada por AECOC y pionera en Europa, trabaja en la prevención, redistribución o reaprovechamiento de los productos que quedan fuera del circuito comercial y sensibilización ciudadana. A día de hoy reúne a más de 700 compañías que, desde un modelo de colaboración, ha conseguido reducir de un 1,78% en 2013 a un 0,70% del total comercializado el porcentaje de alimentos que no se logra aprovechar. Un ejemplo de la necesidad de aunar esfuerzos para impulsar una cadena agroalimentaria más eficiente, sostenible y competitiva

Planificación y reaprovechamiento

Maria Clara de Moraes Prata Gaspar, profesora de Antropología Social de la UB (Campus de l’Alimentació), y M Carmen Vidal, catedrática de Nutrición y Bromatología de la UB (Campus de l’Alimentació)

El actual desperdicio alimentario, que se produce a lo largo de toda la cadena de valor, es insostenible desde todos los puntos de vista. Como consumidores podemos en nuestros hogares contribuir de forma relativamente sencilla a reducirlo. Para ello, la planificación del menú y de las compras es esencial. Si compramos lo que necesitamos, en la frecuencia y en las cantidades adecuadas, evitaremos tirar alimentos a la basura.

Para una correcta planificación es importante revisar la nevera y la despensa, y entender y tener en cuenta las fechas de caducidad y de consumo preferente. También, conservar adecuadamente los alimentos (los frescos y los cocinados) y, si fuera necesario, congelarlos para que puedan ser consumidos posteriormente.


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Los restos del exceso de alimentos cocinados se pueden aprovechar para otras preparaciones. Por ejemplo, platos con verduras y legumbres pueden transformarse en caldos y cremas, los guisos de carnes o pescado pueden ser usados para canelones, lasañas, bocadillos, etc. Y, como la innovación también debe entrar en nuestras cocinas, otra estrategia es reaprovechar las pieles de algunas hortalizas (patata, zanahoria o berenjena), por ejemplo, como chips hechos al horno. Asimismo, evitar el desperdicio puede ser una buena razón para buscar, aprender y recuperar técnicas, conocimientos y recetas para conservar alimentos por fermentación, confitados o deshidratados

Si vas a un restaurante y te sobra comida, llévatela sin complejos a casa

En el momento de la compra, podemos igualmente contribuir a la reducción del desperdicio si valoramos y adquirimos productos que, aun siendo perfectamente comestibles, presentan un aspecto imperfecto. No olvidemos tampoco que comprar de proximidad, además de reducir el impacto medioambiental, es una forma de apoyar a los y las campesinas locales. Y más aún, si vas a un restaurante y te sobra comida, llévatela sin complejos a casa

Ahora que se acercan las fiestas de Navidad, que suelen conllevar un exceso de comida, puede ser un muy buen momento para poner en práctica estos consejos y, particularmente, para agudizar el ingenio en reutilizar en nuevos platos los excedentes. Si la imaginación no ayuda, siempre se puede acudir a las experiencias de nuestros mayores, verdaderos artistas a la hora de reaprovechar los alimentos que han sobrado en una comida. No hace tantos años, los mayores nos decían que no se podían tirar los alimentos porque mucha gente pasaba necesidad. Esto sigue siendo verdad y además ahora se puede añadir que nuestro planeta tiene también necesidad de que lo cuidemos

Revolución digital y bancos de alimentos

Liliana Arroyo, investigadora Instituto Innovación Social de Esade, y David Murillo, profesor de Sociedad, Política y Sostenibilidad de Esade

El desperdicio de alimentos forma parte de nuestra cultura alimentaria. Desde los años 60 hasta hoy una respuesta parcial ha llegado conectando bancos de alimentos con excedentes alimentarios y necesidad social. Con el covid-19 la demanda de la red Europea de Bancos de Alimentos ha superado el 35%, llevándolos al límite de su capacidad operativa y reavivando el cuestionamiento de su razón de ser. Sabemos que su impacto es paliativo a corto plazo, pues los bancos nacieron como respuesta espontánea ciudadana. Conocemos también los efectos controvertidos de este tipo de ayudas en términos de autonomía y dignidad en las personas receptoras de ayuda.  

Dice Carolyn Steele que cómo producimos, cocinamos y valoramos los alimentos es a la vez sustancia y metáfora de cómo organizamos nuestras vidas. Este formato de redistribución alimentaria tiene limitaciones si queremos construir sociedades más justas y más inclusivas. La misma FAO propone una reorganización del sistema agroalimentario, desde la granja y el huerto hasta la mesa. La redistribución de excedentes no es suficiente y aprovechar las disrupciones asociadas a la digitalización es una vía a explorar. Por este motivo, desde el Instituto de Innovación Social de Esade nos preguntábamos qué podemos aprender de la economía digital para reinventar los bancos de alimentos y convertirlos en agentes necesarios de esta transformación. El paso “del almacén a la plataforma”, que da nombre a nuestro reciente informe, nos permite presentar herramientas digitales que permiten, cuanto menos, optimizar los recursos y capacidades actuales. 


/ M.A. Montesinos

Si trasladamos las dinámicas de intermediación del modelo actual de los bancos de alimentos a un modelo de plataforma – entendida como un espacio que facilita las conexiones entre necesidades y soluciones – estas entidades pueden avanzar aún más hacia la economía circular. La clave está en la gobernanza de estas plataformas de colaboración y aquí los bancos de alimentos cuentan con redes que permiten movilizar recursos, a la par que identificar necesidades. La orientación al bien común y la acción altruista son activos clave de este proceso.  

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El foco de atención debe desplazarse de la asistencia social a la colaboración

Existen iniciativas a nivel internacional que nos dan pistas sobre cómo democratizar el consumo agroecológico, conectando productores y consumidores y cómo fortalecer redes de solidaridad vecinal, donde el foco de atención se desplaza de la asistencia social a la colaboración en la reducción de impactos ambientales. Estos nuevos enfoques más comunitarios y menos desiguales permiten transformar a los bancos de alimentos en potentes espacios de intercambio y ayuda mutua. Si la revolución digital ha venido para quedarse, que nos sirva también para sustituir lógicas asistencialistas por otras empoderadoras y aún más comunitarias.