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¿El estadio es el lugar ideal para un concierto?

Los gigantes de la música calientan motores para volver a los escenarios en 2022 y ocupar recintos que fueron concebidos para un uso deportivo y no musical. Estadios y pabellones son los grandes coliseos de la cultura pop, si bien despiertan reticencias por el modelo de industria de entretenimiento que representan y aspectos como la masificación o la calidad del sonido. ¿Ritual colectivo majestuoso o ratonera con puro y duro afán recaudatorio?

Springsteen lanza su guitarra en un momento del concierto en el Camp Nou.

Springsteen lanza su guitarra en un momento del concierto en el Camp Nou. / RENE VAN DIEMEN

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Los Rolling Stones vuelven a llenar estadios estos días al otro lado del Atlántico, como si la pandemia jamás hubiera existido, y planean su regreso a Europa para el próximo verano. Bruce Springsteen espera salir de gira en 2022 y está atando fechas en España. Las entradas para Red Hot Chili Peppers en Barcelona (Estadi Olímpic) y Sevilla (La Cartuja), el próximo junio, “se están vendiendo rápido”, dicen en Live Nation. Y otros grandes del pop y rock anunciarán pronto sus planes para el que, se espera, sea el año de la remontada pos-pandémica. Estadios y grandes pabellones volverán a atraer al público, si ningún revés sanitario lo impide, pese a que la experiencia musical que suministran es bastante distinta a la que asociamos a un auditorio o a un teatro de la ópera. 

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Estas moles propician la excitación colectiva y la glorificación de la estrella pop, y muy raramente los artistas, pudiendo llenarlos, renuncian a ello: hasta Manolo García, que había llegado a calificar de “disparate” actuar en escenarios como el Palau Sant Jordi, terminó cambiando de opinión. Y un grupo crecido en la ética punk como Green Day, que en los 90 transitó salas como La Bàscula y Garatge, saltó al Sant Jordi sin aparentes remordimientos. “Había demanda para llenarlo y ellos simplemente sabían que ahí tendrían que ocupar un escenario más grande y moverse más, ofreciendo un tipo de ‘show’ distinto”, apunta su histórico promotor en España, Xavi Manresa (CapCap), que ve a la banda californiana igual de “auténtica” tanto si actúa en un club como en una ‘arena’.

De dónde viene la fruta

Pero los macroconciertos generan debate, empezando por su propia naturaleza industrial, a cargo de “grandes empresas transnacionales, alejadas de las dinámicas locales y pendientes de una economía que va más allá de la música, como los ingresos por publicidad”, apunta Jordi Oliveras, coordinador del proyecto Indigestió y editor de la revista nativa.cat. “En los tiempos que corren, tanto nos ha de preocupar de dónde viene la fruta que comemos como qué estructuras mueven la cultura”, reflexiona, añadiendo que, si bien “el ritual del encuentro de mucha gente en torno a la música tiene su sentido”, algunos estudios determinan que el grado de satisfacción del público baja a medida que crecen los ceros en el número de asistentes. “Y si miro mi biografía, los conciertos que más he disfrutado van del aforo del Poble Espanyol hacia abajo”.

Otras objeciones apuntan a la calidad acústica de esos espacios diseñados para el deporte. “Gradas y tribunas están pensadas para potenciar el murmullo y el griterío del público, de modo que los jugadores sientan su presión y su calor”, explica el técnico de sonido Joan Fornés. Pero eso no quita que se pueda practicar allí una sonorización eficiente, añade el director técnico del Cruïlla. “Hoy hay medios para que el concierto suene bien; es cuestión de presupuesto”, precisa. “Debe haber no solo un buen equipo de sonido, sino también telas, moquetas y cortinas que minimicen los rebotes”. Ejemplo de un trabajo bien hecho: Roger Waters en el Palau Sant Jordi, en 2018, donde “se taparon con telas todos los ángulos de paredes y techo”.

Sonido como el del disco

Cuando, en 1965, los Beatles actuaron en la Monumental, el sonido llegó al público a través de las trompetillas de megafonía de la plaza. Un guirigay, cuentan las crónicas. Luego se trabajó, durante décadas, con “altavoces de dispersión muy grande”, indica Fornés. Hoy manda la depurada tecnología ‘line array’ (sonido lineal), torres de altavoces direccionales. “Los equipos se diseñan para ser colgados muy arriba y enfocarse hacia abajo”. Así, la pista es más fácil de sonorizar que las gradas, y ahí en lo alto “se concentra el barullo de sonido no deseado”. Pero hoy, “artistas como Alejandro Sanz, Bruno Mars o AC/DC suenan igual que en disco”.

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También la concentración de público puede, ‘per se’, despertar rechazos, pero ahí podemos hablar de masificación o de majestuosidad al gusto de cada cual. Hay artistas que integran el estadio en su imaginería plástica, y para ellos se inventó una etiqueta como la de ‘stadium rock’. Ahí está U2, con esa canción paradigmática llamada ‘Where the streets have no name’, que, “cuando la oyes, te imaginas la megapantalla tiñéndose de rojo y el estadio lleno botando”, evoca Xavier Balart, autor del libro ‘U2 en España’ (Quarentena Ediciones, 2013). Si bien disfruta de esos grandes ‘shows’, Balart ve “deseable, pero poco imaginable” que un día los irlandeses se embarquen en una gira de teatros. El caché millonario es poco compatible con los pequeños aforos. “Están muy vendidos a Live Nation, y la pasta es la pasta”.

Sea como sea, si alguien se emocionaba pensando que los macro-‘shows’ desaparecerían tras la pandemia, a favor de formatos más cercanos, no parece que vayan por ahí los tiros. Es posible que el mundo de 2022 se parezca más al de 2019 de lo que llegamos a fantasear. “Si hay demanda para llenar un estadio de 50.000 personas, se volverá a hacer”, vislumbra Xavi Manresa. Y, después de todo, mejor así para los fans, desliza. “Porque los mismos que piden que tal grupo actúe en teatros o clubs, luego se rasgan las vestiduras porque no han conseguido su entrada”.