Usuarios del metro de Barcelona con mascarilla.

La pandemia, ¿una oportunidad perdida para enderezar el rumbo?

Mauricio Bernal | 17 octubre 2021

En una carta abierta que publicó el diario francés ‘Le Monde’ en mayo del 2020, en las postrimerías de la primera ola europea de covid, más de 200 artistas y científicos de todo el mundo hicieron un llamamiento a mandatarios y ciudadanos y pidieron aprovechar la oportunidad que brindaba la pandemia para cambiar el rumbo. Cambiar el rumbo, así, en general. ‘No a un regreso a la normalidad’, se titulaba el texto, suscrito por un abanico de personalidades tan amplio que la lista de firmantes era una prueba en sí misma de que el clamor era transversal. Varios premios Nobel, escritores, filósofos, actores como Robert de Niro, cantantes como Madonna, directores de cine como Pedro Almodóvar. “La pandemia de covid-19 es una tragedia –empezaba el texto–. Esta crisis, sin embargo, tiene la virtud de invitarnos a hacer frente a las cuestiones esenciales”.

Una transformación radical

Era una carta breve, pero la envergadura de los abajo firmantes, así como la reflexión a la que hacía referencia, le dio el vuelo que sus promotores deseaban. “Catástrofe ecológica”, “extinción masiva de la vida sobre la Tierra”, “hundimiento global” y “punto de ruptura” eran algunas de las expresiones que empleaba el texto, que pedía “una revisión profunda de los objetivos, los valores y las economías”, una “transformación radical”. Parecía sensato. La carta cosechó calurosos aplausos, sentidos apoyos. Por supuesto, se dijo. Naturalmente. Pensemos. Reflexionemos. Cambiemos el rumbo. ¿En qué quedó eso? Parece que en nada. La pandemia no ha sido superada, pero hay cada vez más países donde está controlada, y no parece que nadie en esos países, ni ciudadanos organizados en grandes movimientos ni dirigentes en sus sillones de mando, tengan entre sus prioridades emprender esa transformación radical. La vuelta a la normalidad parece, de momento, el único norte.

Abiertos al cambio

“Cuanto más vulnerables nos sentimos más abiertos al cambio estamos”, dice Miquel Seguró, filósofo y profesor de los Estudios de Arte y Humanidades de la UOC. La pandemia es eso: vulnerabilidad. En pleno siglo XXI, en la era del posthumanismo y el transhumanismo, “cuando parecía que habíamos dejado atrás tantas cosas”, viene un virus, un humilde pariente de la gripe común, “pone el mundo patas arriba” y el hombre redescubre la fragilidad. Por tanto, se abre al cambio. “Cuando hay una situación de crisis y los fundamentos se mueven estamos más dispuestos”, explica el filósofo. “Ante una situación crítica uno ve que sus defensas no le sirven y que hay que buscar otras”. Es decir que las catástrofes sacan lo mejor del ser humano. Su vena solidaria. Su capacidad para ponerse en la piel del otro. Se ve en las guerras y en los desastres naturales. “Cuanto más vulnerables, más codependientes nos sentimos”, dice Seguró, que profundiza en el tema en su libro ‘Vulnerabilidad’ (Herder), de inminente aparición.

Señales preocupantes

El pasado viernes, el Govern de Catalunya eliminó casi todas las restricciones impuestas a raíz de la pandemia salvo la de llevar mascarilla en interiores. Los aforos vuelven al 100%, la distancia de seguridad ya no es necesaria, se pueden celebrar reuniones de 20 o de 100 personas. Las discotecas vuelven a abrir, etcétera. A expensas de una mutación ‘in extremis’ del virus, tiene el aspecto de una vuelta a la normalidad. Hay un inevitable clima de regocijo. Sin embargo, la normalidad tiene una cara B que también es noticia. El Informe de Transparencia Climática publicado esta semana, por ejemplo, señala que los países ricos vuelven a contaminar como antes de la pandemia. Algunos, incluso más. A nivel local las señales son parecidas: a principios de septiembre se supo que el tráfico en los accesos a Barcelona había superado los niveles previos a la pandemia. El mundo, agradablemente lento durante varios meses, regresa, y no poco a poco, a su ritmo demente y contaminante.

Valores y ciencia

“Yo creo que la pandemia nos ha hecho descubrir dos cosas fundamentales –dice el filósofo Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la UB– que son la importancia del conocimiento científico y la importancia de los valores. Nos hemos dado cuenta de que los valores existen y sirven. Durante la pandemia han funcionado valores fundamentales como la cooperación (entre personas, entre instituciones, entre países…) o la responsabilidad individual. Al mismo tiempo, hemos comprendido la importancia que tienen la ciencia y la investigación. Lamentablemente, el egoísmo de siempre vuelve a las andadas y ahora vemos cómo volvemos a despreocuparnos de nuestro entorno, de nuestro mundo, de nuestro vecino. Entonces, ¿de qué nos ha servido esta experiencia de choque, si volvemos al egoísmo de siempre?”.

Un paréntesis y ya

Quizá el covid debería suponer una refundación, como ha ocurrido con las grandes guerras, pero, de momento, las señales no son halagüeñas. “Es verdad que la pandemia nos ha enseñado todo lo bueno que puede hacer el ser humano cuando trabaja en grupo –dice Seguró–, pero yo, personalmente, soy pesimista, porque si volver a la normalidad significa considerar que la pandemia fue estrictamente un paréntesis, si todo lo bueno que ha despertado la pandemia lo vamos a ir dejando poco a poco de lado, en ese caso queda un poco en entredicho la posibilidad del cambio”. “Me gustaría que no fuera un paréntesis –añade–, pero me temo que sí, que se acabe viendo así, y luego, ya está, pasaremos a otra cosa”.

Houellebecq

De forma casi simultánea a la carta que reclamaba no volver a lo mismo, el escritor francés Michel Houellebecq publicó su propia misiva. Solo la firmaba él. Bajo el título de ‘Un poco peor’, Houellebecq se ponía del lado pesimista de las cosas –por antecedentes, por lo que escribe y cómo lo escribe, el que le correspondía– y decía que la pandemia confirmaría “la obsolescencia de las relaciones humanas”, acentuaría la tendencia occidental a correr tupidos velos en torno a la muerte –“nunca la muerte ha sido tan discreta como en estas semanas”, escribió, en referencia a la soledad en que fallecían los contagiados– y daría un definitivo pábulo a la idea de que no todas las vidas valen lo mismo –“a partir de cierta edad (¿70, 75, 80 años?) es un poco como si uno ya estuviera muerto”–. “No nos despertaremos, después del confinamiento, en un nuevo mundo”, sentenciaba. “Será el mismo, en peor”. Quizá Houellebecq tenía razón. Pero, después de todo, cualquier dólar apostado a sus predicciones habría pagado poco. Apostar a que el mundo cambiaría, a que aprenderíamos la lección, a que todo sería mejor –y acertar–, esa habría sido la apuesta que habría reventado la banca.

La revolución necesaria

Pero hay quien piensa distinto. Hay quien, como Carles Feixa, habría apostado por el cambio. “Es cierto que, un año y medio después del inicio de la pandemia, hay un deseo colectivo, tanto de los poderes como de la población de volver a la normalidad”, dice el catedrático de Antropología de la Universitat Pompeu Fabra. “Es el típico efecto rebote, pero eso no significa, en mi opinión, que volvamos a la normalidad, porque la normalidad ya está rota para siempre”. Feixa considera que “la conciencia de crisis que existía en ámbitos minoritarios juveniles”, esa que durante los meses previos a la pandemia se expresaba en tres grandes reivindicaciones de carácter global (#MeToo, Black Lives Matter y Fridays for Future), recibió una sacudida con la irrupción del coronavirus, y ahora se ha transformado en “consciencia de que se debe aprovechar el momento para llevar a cabo la reforma, la revolución necesaria”.

La teoría del caos

Lo que pasa es que no va a ocurrir enseguida. Pero ocurrirá, dice, y seguirá los parámetros de la teoría del caos. “En la teoría del caos hay un momento de crisis –explica–. Esa crisis provoca un movimiento de todo. Luego hay una segunda etapa en que se produce una vuelta atrás, un intento de reequilibrio que supone un reflujo. Finalmente, a corto o mediano plazo se produce un nuevo impulso hacia adelante, un movimiento en el que no todo se mueve, pero sí algunas cosas”. “Al final consistirá en la búsqueda de un nuevo equilibrio homeostático, que no es una vuelta atrás, tampoco un cambio radical, pero sí un cierto avance en los retos pendientes, tanto globales como locales”. Feixa considera que el cambio va a operarse en tres ámbitos: la sostenibilidad (“la crisis climática no se va a resolver de la noche a la mañana, pero la pandemia demostró que es posible la reducción de emisiones”), la digitalización (“el teletrabajo, la semana de tres o cuatro días, el aprovechamiento de la virtualidad de una forma más igualitaria han venido para quedarse”) y la desigualdad (“que es el aspecto más complicado, porque hay reticencias de los sectores privilegiados que no quieren renunciar a sus privilegios”). “Estos cambios no van a ser inmediatos –termina–, pero en un año o dos, sobre todo en el mundo occidental, todo esto se va a plantear de manera muy profunda”.

Un leve optimismo

De momento, en los países más avanzados en lo que toca a vacunación, la actualidad parece secuestrada por la euforia fruto del control de la pandemia. Volver a viajar, volver a las discotecas, volver a despedirse en los aeropuertos. Quizá, después de la gran sacudida, habría que aspirar a algo más. “Por descontado, esta pandemia debería ser, o haber sido, una pausa para reflexionar”, dice Bilbeny. “Y se ha hecho, en parte se ha hecho y se sigue haciendo, pero no lo suficiente, no con la implicación y los resultados que serían deseables. La pandemia es un paréntesis del que hemos aprendido algo, pero todavía muy poco. Tengo un leve optimismo en cuanto a que hemos avanzado algo en esa conciencia de la que ya he hablado, la conciencia de la importancia de los valores y de la importancia de la ciencia. Otra cosa es la aplicación de esa conciencia, que el egoísmo de siempre nos impide realizar bien”.

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