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Cuando el fútbol juega con la historia

Este martes el Real Madrid se enfrenta al FC Sheriff de Tiraspol, la segunda ciudad de Moldavia, pero para sus habitantes es la capital de una república independiente que nunca ha sido reconocido nadie. Nadie excepto Rusia.

Desfile de tanques en Tiraspol, en el 2015

Desfile de tanques en Tiraspol, en el 2015 / Press Service PMR

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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El fútbol tiene impacto en muchos aspectos de nuestra época y genera un sinfín de efectos colaterales. Por ejemplo, es muy útil a la hora de articular identidades colectivas a diferentes niveles. Cuando los aficionados siguen los partidos de su equipo, acaban entrando en contacto con unas áreas geográficas que quizás nunca hubieran conocido de no ser por las competiciones. El fútbol acorta distancias y supera fronteras. Lo vemos cada año en Europa. De no ser por el balón quién sabe si alguna vez se habría hablado de Donetsk, por ejemplo. Allí está el Shakhtar, que en la Liga de Campeones comparte grupo con el Real Madrid y con un recién llegado a la élite del fútbol europeo: el FC Sheriff de Tiraspol. Una ciudad que sobre el papel forma parte de Moldavia, pero donde la realidad es algo más compleja.

Tiraspol es la capital de la Transnistria, un territorio estrecho y alargado situado entre el río Dniéster y la frontera con Ucrania, que proclamó su independencia en 1990. Ese acto de autodeterminación no consiguió ningún reconocimiento internacional, pero a pesar de todo existe, y esto es así porque cuenta con la protección de Rusia.

Moldavia es uno de tantos territorios de la zona central de Europa con una historia de alta complejidad. Durante muchos siglos estuvo bajo control del Imperio Otomano, pero a partir de 1812 pasó a ser dominio de los zares de Rusia. Además, tiene muchos vínculos culturales y lingüísticos con Rumanía. De hecho, cuando estalló la Revolución Comunista de 1917, prefirió sumarse al Reino de Rumanía antes que abrazar el nuevo régimen que estaba fundando Lenin. Con la excepción de la parte de la Transnistria, que quedó incorporada en la URSS como parte de la República Soviética de Ucrania y conservando una cierta autonomía.

Entre la infinidad de movimientos fronterizos provocados por la Segunda Guerra Mundial, también se produjo el paso de Moldavia a la Unión Soviética. Ahora bien, cuando en 1990 el bloque comunista colapsó y Moscú ya no pudo ejercer el severo control que había exhibido en épocas precedentes, los moldavos declararon la independencia.

El nuevo país quedó en manos de la mayoría pro-rumana, que se dedicó a marginar minorías como la rusa y la ucraniana. Además, comenzó un nuevo proceso de aproximación a Bucarest e incluso se planteó la idea de incorporarse a Rumanía. Estos movimientos alarmaron los habitantes de la Transnistria, la mayoría de ellos rusófilos. Como temían que aún serían más minorizados, decidieron constituirse como una república independiente. Esto derivó en un enfrentamiento armado que terminó con un alto el fuego supervisado por Rusia. Con el argumento de garantizar la paz y la estabilidad de Moldavia, Moscú desplegó tropas en la Transnistria. Teniendo en cuenta que los moldavos son solo dos millones y medio de habitantes, poco pudieron hacer ante aquella decisión.

Para acabar de complicar las cosas, en el siglo XXI el conflicto pasó a tener implicaciones de mayor alcance. En 2004 Rumanía ingresó en la OTAN y, tres años más tarde, en la Unión Europea. Por tanto, lo que pasaba en Moldavia quedaba a las puertas de las principales instituciones occidentales. La temperatura todavía subió unos cuantos grados más cuando Rusia comenzó a pasearse sin complejos por la zona de Crimea. Aquel territorio, oficialmente parte de Ucrania, es muy cercano a la Transnistria y los analistas internacionales hace tiempo que plantean la posibilidad de que Moscú abra un corredor terrestre para conectar las tropas que tiene desplegadas en los dos lugares. Y es que ambos territorios han formalizado la petición oficial para adherirse a la Federación Rusa.

Estos movimientos no son un simple ataque de megalomanía de Putin. El objetivo es mantener el estatus de potencia internacional y asegurarse el control del Mar Negro, una zona geoestratégica de primer orden, clave para el comercio internacional. Por allí pasa todo, desde el petróleo hasta los cereales.

Seguramente el FC Sheriff de Tiraspol no pasará a la siguiente fase de la Champions, pero tarde o temprano oiremos hablar de la Transnistria y entonces ya sabremos colocarla en el mapa.


Servicios secretos rusos

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El FC Sheriff es un club muy reciente. Fue fundado en 1997 por la empresa que le da nombre, un conglomerado financiero que controla el 60% de la actividad económica de la Transnístria y fundado por dos antiguos miembros de los servicios secretos rusos, Iliá Kazmali y Víctor Gushan, que aprovecharon el final del régimen soviético para dedicarse al mundo de los negocios.

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